Michael Ende - Momo

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C O L E C C I ó N D E L O M B L I G O P Ú R P U R A MICHAEL ENDE

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Momo, novela de Michael Ende (completa); ilustrada y diagramada por editorial: Caleído

Transcript of Michael Ende - Momo

  • 1COLECCIN

    DEL

    OMBLIGO

    PRPURA

    MICHAEL ENDE

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  • 5

  • 6MO MICHAEL ENDE

    C o l e c c i n d e l 0 m b l i g o P r p u r a

  • 7MO

  • 8Primera edicin: Marzo 2014Tegucigalpa (Honduras)

    c 2014, de los textos - Michael Endec 2014, del diseo e ilustraciones - Doa Conegundac 2014, de la edicin - Caledo

    ISBN: 978-99760-85-97-1

    Impreso en Honduras

    Coleccin dirigida por: Sandy McCarthy

  • 9A Russel

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    En la noche brilla tu luz.De dnde, no lo s.

    Tan cerca parece y tan lejos.Cmo te llamas, no lo s.Lo que quiera que seas:luce, pequea estrella

    (Segn una vieja cancin infantil de Irlanda).

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    PRIMERA PARTE MOMO Y SUS AMIGOS

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    I

    En los viejos, viejos tiempos cuando los hombres hablaban todava muchas otras lenguas, ya haba en los pases ciudades grandes y suntuosas. Se alzaban all los palacios de reyes y emperadores, haba en ellas calles anchas, callejas estrechas y callejuelas intrincadas, magnficos templos con estatuas de oro y mrmol dedicadas a los dioses; haba mercados multicolores, donde se ofrecan mercaderas de todos los pases, y plazas amplias donde la gente se reuna para comentar las novedades y hacer o escuchar discursos. Sobre todo, haba all grandes teatros. Tenan el aspecto de nuestros circos actuales, slo que estaban hechos totalmente de sillares de piedra. Las filas de asientos para los

    espectadores estaban escalonadas como en un gran embudo. Vistos desde arriba, algunos de estos edificios eran totalmente redondos, otros ms ovalados y algunos hacan un ancho semicrculo. Se les llamaba anfiteatros.Haba algunos que eran tan grandes como un campo de ftbol y otros ms pequeos, en los que

    slo caban unos cientos de espectadores. Algunos eran muy suntuosos, adornados con columnas y estatuas, y otros eran sencillos, sin decoracin. Esos anfiteatros no tenan tejado, todo se haca al aire libre. Por eso, en los teatros suntuosos se tendan sobre las filas de asientos tapices bordados de oro, para proteger al pblico del ardor del sol o de un chaparrn repentino. En los teatros ms humildes cumplan la misma funcin caizos de mimbre o paja. En una palabra: los teatros eran tal como la gente se los poda permitir. Pero todos queran tener uno, porque eran oyentes y mirones apasionados.Y cuando escuchaban los acontecimientos conmovedores o cmicos que se representaban en la

    escena, les pareca que la vida representada era, de modo misterioso, ms real que su vida cotidi-

    Una ciudad grande y una nia pequea

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    ana. Y les gustaba contemplar esa otra realidad.

    Han pasado milenios desde entonces. Las grandes ciudades de aquel tiempo han decado, los templos y palacios se han derrumbado. El viento y la lluvia, el fro y el calor han limado y excavado las piedras, de los grandes teatros no quedan ms que ruinas. En los agrietados muros, las cigar-ras cantan su montona cancin y es como si la tierra respirara en sueos.Pero algunas de esas viejas y grandes ciudades siguen siendo, en la actualidad, grandes. Claro

    que la vida en ellas es diferente. La gente va en coche o tranva, tiene telfono y electricidad. Pero por aqu o por all, entre los edificios nuevos, quedan todava un par de columnas, una puerta, un trozo de muralla o incluso un anfiteatro de aquellos lejanos das.En una de esas ciudades transcurri la historia de Momo.Fuera, en el extremo sur de esa gran ciudad, all donde comienzan los primeros campos, y las

    chozas y chabolas son cada vez ms miserables, quedan, ocultas en un pinar, las ruinas de un pequeo anfiteatro. Ni siquiera en los viejos tiempos fue uno de los suntuosos; ya por aquel en-tonces era, digamos, un teatro para gente humilde. En nuestros das, es decir, en la poca en que se inici la historia de Momo, las ruinas estaban casi olvidadas. Slo unos pocos catedrticos de arqueologa saban que existan, pero no se ocupaban de ellas porque ya no haba nada que in-vestigar. Tampoco era un monumento que se pudiera comparar con los otros que haba en la gran ciudad. De modo que slo de vez en cuando se perdan por all unos turistas, saltaban por las filas de asientos, cubiertas de hierbas, hacan ruido, hacan alguna foto y se iban de nuevo. Entonces volva el silencio al crculo de piedra y las cigarras cantaban la siguiente estrofa de su interminable cancin que, por lo dems, no se diferenciaba en nada de las estrofas anteriores.En realidad, slo las gentes de los alrededores conoca el curioso edificio redondo. Apacentaban

    en l sus cabras, los nios usaban la plaza redonda para jugar a la pelota y a veces se encontraban ah, de noche, algunas parejitas.Pero un da corri la voz entre la gente de que ltimamente viva alguien en las ruinas. Se tra-

    taba, al parecer, de una nia. No lo podan decir exactamente, porque iba vestida de un modo muy curioso. Pareca que se llamaba Momo o algo as.El aspecto externo de Momo ciertamente era un tanto desusado y acaso poda asustar algo a la

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    gente que da mucha importancia al aseo y al orden. Era pequea y bastante flaca, de modo que ni con la mejor voluntad se poda decir si tena ocho aos slo o ya tena doce. Tena el pelo muy ensortijado, negro, como la pez, y con todo el aspecto de no haberse enfrentado jams a un peine o unas tijeras. Tena unos ojos muy grandes, muy hermosos y tambin negros como la pez y unos pies del mismo color, pues casi siempre iba descalza. Slo en invierno llevaba zapatos de vez en cuando, pero solan ser diferentes, descabalados, y adems le quedaban demasiado grandes. Eso era porque Momo no posea nada ms que lo que encontraba por ah o lo que le regalaban. Su falda estaba hecha de muchos remiendos de diferentes colores y le llegaba hasta los tobillos. Encima llevaba un chaquetn de hombre, viejo, demasiado grande, cuyas mangas se arremangaba alrededor de la mueca. Momo no quera cortarlas porque recordaba, previsoramente, que to-dava tena que crecer. Y quin sabe si alguna vez volvera a encontrar un chaquetn tan grande, tan prctico y con tantos bolsillos.Debajo del escenario de las ruinas, cubierto de hierba, haba unas cmaras medio derruidas, a

    las que se poda llegar por un agujero en la pared. All se haba instalado Momo como en su casa. Una tarde llegaron unos cuantos hombres y mujeres de los alrededores que trataron de interroga-rla. Momo los miraba asustada, porque tema que la echaran. Pero pronto se dio cuenta de que eran gente amable. Ellos tambin eran pobres y conocan la vida.

    Y bien dijo uno de los hombres, parece que te gusta esto.S contest Momo.Y quieres quedarte aqu?S, si puedo.Pero, no te espera nadie?No.Quiero decir, no tienes que volver a casa?sta es mi casa.De dnde vienes, pequea?

    Momo hizo con la mano un movimiento indefinido, sealando algn lugar cualquiera a lo lejos.

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    Y quines son tus padres? sigui preguntando el hombre.La nia lo mir perpleja, tambin a los dems, y se encogi un poco de hombros. La gente se

    mir y suspir.No tengas miedo sigui el hombre. No queremos echarte. Queremos ayudarte.Momo asinti muda, no del todo convencida.Dices que te llamas Momo, no es as?

    S.Es un nombre bonito, pero no lo he odo nunca. Quin te ha llamado as?Yo dijo Momo.T misma te has llamado as?S.Y cundo naciste?

    Momo pens un rato y dijo, por fin:

    Por lo que puedo recordar, siempre he existido.Es que no tienes ninguna ta, ningn to, ninguna abuela, ni familia con quien puedas ir?

    Momo mir al hombre y call un rato. Al fin murmur:

    sta es mi casa.Bien, bien dijo el hombre. Pero todava eres una nia. Cuntos aos tienes?Cien dijo Momo, como dudosa.

    La gente se ri, pues lo consideraba un chiste.

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    Bueno, en serio, cuntos aos tienes?Ciento dos contest Momo, un poco ms dudosa todava.

    La gente tard un poco en darse cuenta de que la nia slo conoca un par de nmeros que haba odo por ah, pero que no significaban nada, porque nadie le haba enseado a contar.

    Escucha dijo el hombre, despus de haber consultado con los dems. Te parece bien que le digamos a la polica que ests aqu? Entonces te llevaran a un hospicio, donde tendras comida y una cama y donde podras aprender a contar y a leer y a escribir y muchas cosas ms. Qu te parece, eh?

    No murmur. No quiero ir all. Ya estuve all una vez. Tambin haba otros nios. Haba rejas en las ventanas. Haba azotes cada da, y muy injustos. Entonces, de noche, escal la pared y me fui. No quiero volver all.

    Lo entiendo dijo un hombre viejo, y asinti. Y los dems tambin lo entendan y asintieron.Est bien dijo una mujer. Pero todava eres muy pequea. Alguien ha de cuidar de ti.Yo contest Momo aliviada.Ya sabes hacerlo? pregunt la mujer.

    Momo call un rato y dijo en voz baja:

    No necesito mucho.

    La gente volvi a intercambiar miradas, a suspirar y a asentir.

    Sabes, Momo volvi a tomar la palabra el hombre que haba hablado primero, creemos que quiz podras quedarte con alguno de nosotros.

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    Es verdad que todos tenemos poco sitio, y la mayor parte ya tenemos un montn de nios que alimentar, pero por eso creemos que uno ms no importa. Qu te parece eso, eh?

    Gracias dijo Momo, y sonri por primera vez. Muchas gracias. Pero, por qu no me dejis vivir aqu?

    La gente estuvo discutiendo mucho rato, y al final estuvo de acuerdo. Porque aqu, pensaban, Momo poda vivir igual de bien que con cualquiera de ellos, y todos juntos cuidaran de ella, porque de todos modos sera mucho ms fcil hacerlo todos juntos que uno solo.

    Empezaron en seguida, limpiaron y arreglaron la cmara medio derruida en la que viva Momo todo lo bien que pudieron. Uno de ellos, que era albail, construy incluso un pequeo hogar. Tambin encontraron un tubo de chimenea oxidado. Un viejo carpintero construy con unas cajas una mesa y dos sillas. Por fin, las mujeres trajeron una vieja cama de hierro fuera de uso, con adornos de madera, un colchn que slo estaba un poco roto y dos mantas. La cueva de piedra debajo del escenario se haba convertido en una acogedora habitacin. El albail, que tena apti-tudes artsticas, pint un bonito cuadro de flores en la pared. Incluso pint el marco y el clavo del que colgaba el cuadro.

    Entonces vinieron los nios y los mayores y trajeron la comida que les sobraba, uno un pedacito de queso, el otro un pedazo de pan, el tercero un poco de fruta y as los dems. Y como eran muchos nios, se reuni esa noche en el anfiteatro un nutrido grupo e hicieron una pequea fiesta en honor de la instalacin de Momo. Fue una fiesta muy divertida, como slo saben celebrarlas la gente modesta.

    As comenz la amistad entre la pequea Momo y la gente de los alrededores.

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    II

    Una cualidad poco comn y una pelea muy comn

    Desde entonces, Momo vivi muy bien, por lo menos eso le pareca a ella. Siempre tena algo que comer, unas veces ms, otras menos, segn fuesen las cosas y segn la gente pudiera prescindir de ellas. Tena un techo sobre su cabeza, tena una cama, y, cuando tena fro, poda encender el fuego. Y, lo ms importante: tena muchos y buenos amigos.

    Se poda pensar que Momo haba tenido mucha suerte al haber encon-trado gente tan amable, y la propia Momo lo pensaba as. Pero tambin la gente se dio pronto cuenta de que haba tenido mucha suerte. Necesita-

    ban a Momo, y se preguntaban cmo haban podido pasar sin ella antes. Y cuanto ms tiempo se quedaba con ellos la nia, tanto ms imprescindible se haca, tan imprescindible que todos teman que algn da pudiera marcharse.De ah viene que Momo tuviera muchas visitas. Casi siempre se vea a alguien sentado con ella,

    que le hablaba solcitamente. Y el que la necesitaba y no poda ir, la mandaba buscar. Y a quien todava no se haba dado cuenta de que la necesitaba, le decan los dems:

    Vete con Momo!

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    Estas palabras se convirtieron en una frase hecha entre la gente de las cercanas. Igual que se dice: Buena suerte!, o Que aproveche!, o Y qu s yo!, se deca, en toda clase de ocasiones: Vete con Momo!.Pero, por qu? Es que Momo era tan increblemente lista que tena un buen consejo para cual-

    quiera? Encontraba siempre las palabras apropiadas cuando alguien necesitaba consuelo? Saba hacer juicios sabios y justos?

    No; Momo, como cualquier otro nio, no saba hacer nada de todo eso.

    Entonces, es que Momo saba algo que pona a la gente de buen humor? Saba cantar muy bien? O saba tocar un instrumento? O es que ya que viva en una especie de circo saba bailar o hacer acrobacias?

    No, tampoco era eso.

    Acaso saba magia? Conoca algn encantamiento con el que se pudiera ahuyentar todas las miserias y preocupaciones? Saba leer en las lneas de la mano o predecir el futuro de cualquier otro modo?

    Nada de eso.

    Lo que la pequea Momo saba hacer como nadie era escuchar. Eso no es nada especial, dir, quizs, algn lector; cualquiera sabe escuchar.

    Pues eso es un error. Muy pocas personas saben escuchar de verdad. Y la manera en que saba escuchar Momo era nica.

    Momo saba escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurran, de repente, ideas muy inteligentes. No porque dijera o preguntara algo que llevara a los dems a pensar esas ideas, no;

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    simplemente estaba all y escuchaba con toda su atencin y toda simpata. Mientras tanto miraba al otro con sus grandes ojos negros y el otro en cuestin notaba de inmediato cmo se le ocurran pensamientos que nunca hubiera credo que estaban en l.

    Saba escuchar de tal manera que la gente perpleja o indecisa saba muy bien, de repente, qu era lo que quera. O los tmidos se sentan de sbito muy libres y valerosos. O los desgraciados y agobiados se volvan confiados y alegres. Y si alguien crea que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que l mismo no era ms que uno entre millones, y que no importaba nada y que se poda sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequea Momo, y le resultaba claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era slo haba uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante a su manera, para el mundo.

    As saba escuchar Momo!

    Una vez fueron a verla al anfiteatro dos hombres que se haban peleado a muerte y que ya no se queran hablar, a pesar de ser vecinos. Los dems les haban aconsejado que fueran a ver a Momo, porque no estaba bien que los vecinos vivieran enemistados. Los dos hombres, al principio, se haban negado, pero al final haban accedido a regaadientes.Ah estaban los dos, en el anfiteatro, mudos y hostiles, cada uno en un lado de las filas de asien-

    tos de piedra, mirando sombros ante s.Uno era el albail que haba hecho el hogar y el bonito cuadro de flores que haba en la salita

    de Momo. Se llamaba Nicola y era un tipo fuerte con un mostacho negro e hirsuto. El otro se llamaba Nino. Era delgado y siempre pareca un poco cansado. Nino era el arrendatario de un pequeo establecimiento al borde de la ciudad, en el que por lo general slo haba unos pocos viejos que en toda la noche no beban ms que un solo vaso de vino y hablaban de sus recuerdos. Tambin Nino y su gorda mujer estaban entre los amigos de Momo y muchas veces le haban trado cosas buenas que comer.Como Momo se dio cuenta de que los dos estaban enfadados, no supo, al principio, con quin

    sentarse primero. Para no ofender a ninguno, se sent por fin en el borde de piedra de la escena

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    a la misma distancia de uno y de otro y miraba alternativamente a uno y a otro. Simplemente esperaba a ver qu ocurra. Algunas cosas necesitan su tiempo, y tiempo era lo nico que Momo tena de sobra.

    Despus de que los hombres hubieran estado as un buen rato, Nicola se levant de repente y dijo:

    Yo me voy. He demostrado que tena buena voluntad al venir aqu. Pero t ves, Momo, lo ob-stinado que es l. A qu esperar ms?

    Y, efectivamente, se volvi para irse.

    S, lrgate! le grit Nino. No haca ninguna falta que vinieras. Yo no me reconcilio con un criminal.

    Nicola gir en redondo. Su cara estaba roja de ira.

    Quin es un criminal? pregunt en tono amenazador y volvi a su sitio. Reptelo!Lo repetir cuantas veces quieras! grit Nino. T te crees que porque eres grande

    y fuerte nadie se atreve a decirte las verdades a la cara? Yo me atrevo, y te las cantar a ti y a cualquiera que quiera escucharlas. Adelante, ven y mtame, como ya dijiste una vez que haras.Ojal lo hubiese hecho! chill Nicola y apret los puos. Ya ves, Momo, cmo miente

    y calumnia. Slo lo agarr una vez por el cuello y lo tir al charco que hay detrs de su covacha. All no se ahoga ni una rata. Volvindose de nuevo a Nino, grit: Por desgracia vives todava, como se puede ver.Durante un rato volaron en una y otra direccin los peores insultos, y Momo no poda entender

    de qu iba la cosa y por qu estaban tan enfadados los dos. Pero poco a poco fue sabiendo que Nicola slo haba cometido aquella salvajada porque Nino, antes, le haba dado una bofetada delante de algunos de sus parroquianos.

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    A eso, por su parte, le haba antecedido el intento de Nicola de hacer aicos toda la vajilla de Nino.

    No es verdad! se defendi amargamente Nicola. Slo tir a la pared una sola jarra que, adems, ya tena una grieta.

    Pero la jarra era ma, sabes? respondi Nino. Y, adems, no tienes derecho a eso.

    Nicola pensaba que s tena derecho a eso, porque Nino lo haba ofendido en su honor de albail.

    Sabes lo que dijo de m? grit dirigindose a Momo. Dijo que yo no era capaz de con-struir una pared derecha, porque estaba borracho da y noche. Que era igual que mi tatarabuelo, que haba trabajado en la torre inclinada de Pisa.

    Pero, Nicola contest Nino, si eso era una broma.

    Bonita broma! protest Nicola. No tiene ninguna gracia.

    Result que Nino slo haba devuelto una broma anterior de Nicola. Porque una maana se haba encontrado con que en su puerta haban escrito con grandes letras rojas:

    VENTEROS Y GATOS, TODOS LATROS.

    Y eso, a su vez, no le haba hecho ninguna gracia a Nino.

    Durante un rato se pelearon, muy en serio, sobre cul de las dos bromas era peor, y volvieron a encolerizarse. Pero de repente se quedaron cortados.

    Momo los miraba con grandes ojos, y ninguno de los dos poda explicarse bien, bien, su mirada.

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    Es que, por dentro, se estaba riendo de ellos? O estaba triste? Su cara no se lo deca. Pero a los dos hombres les pareci, de repente, que se vean a s mismos en un espejo, y comenzaron a sentir verg8enza.

    Bien dijo Nicola, puede ser que no debiera haber escrito aquello en tu puerta, Nino. No lo hubiera hecho si t no te hubieras negado a servirme un vaso de vino ms. Eso iba contra la ley, sabes? Porque siempre te he pagado y no tenas ninguna razn para tratarme as.

    Ya lo creo que la tena! contest Nino. Es que ya no te acuerdas de aquel asunto del san Antonio? Ah, ahora te has puesto blanco! Porque me estafaste con todas las de la ley, y no tengo por qu aguantrtelo.

    Que yo te estaf a ti? grit Nicola. Al revs! T queras engaarme a m, slo que no lo conseguiste.

    El asunto era el siguiente: en el pequeo establecimiento de Nino colgaba de la pared una peque-a imagen de san Antonio. Era una foto en color que Nino haba recortado una vez de una revista.

    Un da, Nicola le quiso comprar esa imagen; segn deca, porque le gustaba mucho. Regateando hbilmente, Nino haba conseguido que Nicola le diera, a cambio, su vieja radio. Nino se crey muy listo, porque Nicola haca muy mal negocio. Se pusieron de acuerdo.

    Pero despus result que entre la imagen y el marco de cartn haba un billete de banco, del que Nino no saba nada. De repente era l el que haca un mal negocio, y eso le molestaba. Exigi que Nicola le devolviera el dinero, porque ste no formaba parte del trato. Nicola se neg, y entonces Nino no le quiso servir nada ms. As haba comenzado la pelea.

    As que los dos llegaron al principio del asunto que los haba enemistado, callaron un rato.

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    Entonces pregunt Nino:

    Dime ahora con toda honradez, Nicola, ya sabas de ese dinero antes del cambio o no?

    Claro que s; si no, no hubiera hecho el cambio.

    Entonces estars de acuerdo en que me has estafado.

    Por qu? En serio que t no sabas nada de ese dinero?

    No, palabra de honor.

    Lo ves! Eras t quien queras estafarme a m. Porque, cmo podas pedirme mi radio a cam-bio de un trozo de papel de peridico?

    Y cmo te enteraste t de lo del dinero?

    Dos noches antes haba visto cmo un cliente lo meta all como ofrenda a san Antonio.

    Nino se mordi los labios:

    Era mucho?

    Ni ms ni menos que lo que vala mi radio contest Nicola.

    Entonces, toda nuestra pelea dijo Nino pensativamente solamente es por el san Antonio que recort de una revista.

    Nicola se rasc la cabeza:

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    En realidad, s. Si quieres te lo devuelvo, Nino.

    Qu va! contest Nino, con mucha dignidad. Lo que se da no se quita. Un apretn de manos vale entre caballeros.

    Y de repente, ambos se echaron a rer. Bajaron los escalones de piedra, se encontraron en medio de la plazoleta central, se abrazaron dndose palmadas en la espalda. Despus, ambos abrazaron a Momo y le dijeron:

    Muchas gracias!

    Cuando, al cabo de un rato, se fueron, Momo sigui dicindoles adis con la mano durante mucho rato. Estaba muy contenta de que sus amigos volvieran a estar de buenas.

    Otra vez, un chico le trajo su canario, que no quera cantar. Eso era una tarea mucho ms difcil para Momo. Tuvo que estarse escuchndolo toda una semana hasta que por fin volvi a cantar y silbar.

    Momo escuchaba a todos: a perros y gatos, a grillos y ranas, incluso a la lluvia y al viento en los rboles. Y todos le hablaban en su propia lengua.

    Algunas noches, cuando ya se haban ido a sus casas todos sus amigos, se quedaba sola en el gran crculo de piedra del viejo teatro sobre el que se alzaba la gran cpula estrellada del cielo y escuchaba el enorme silencio.Entonces le pareca que estaba en el centro de una gran oreja, que escuchaba el universo de

    estrellas. Y tambin que oa una msica callada, pero aun as muy impresionante, que le llegaba muy adentro, al alma.

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    En esas noches sola soar cosas especialmente hermosas.

    Y quien ahora siga creyendo que el escuchar no tiene nada de especial, que pruebe, a ver si sabe hacerlo tan bien.

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    III

    Una tempestad de juego y una tormenta de verdad

    Se entiende que al escuchar, Momo no haca ninguna diferencia entre adultos y nios. Pero los nios tenan otra razn ms para que les gustara tanto ir al viejo anfiteatro. Desde que Momo estaba all, saban jugar como nunca haban jugado. No les quedaba ni un solo momento para aburrirse. Y eso no se deba a que Momo hiciera buenas sugerencias. No, Momo simplemente estaba all y participaba en el juego. Y por eso no se sabe cmo los propios nios tenan las mejores ideas. Cada da inventaban un juego nuevo, ms divertido que el anterior.

    Una vez, era un da pesado y bochornoso, haba unos diez u once nios sentados en las gradas de piedra esperando a Momo, que se haba ido a dar una vuelta, segn sola hacer alguna vez. El cielo estaba encapotado con unas nubes plomizas. Probablemente habra pronto una tormenta.

    Yo me voy a casa dijo una nia que llevaba un hermanito pequeo. El rayo y el trueno me dan miedo.Y en casa? pregunt un nio que llevaba gafas, es que en casa no te dan miedo?S dijo la nia.Entonces, igual te puedes quedar aqu respondi el nio.

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    La nia se encogi de hombros y asinti. Al cabo de un rato dijo:

    A lo mejor Momo ni siquiera viene.Y qu? se mezcl en la conversacin un chico con aspecto un tanto descuidado. Aun as

    podemos jugar a cualquier cosa, sin Momo.

    Bien, pero, a qu?No lo s. A cualquier cosa.Cualquier cosa no es nada. Alguien tiene una idea?Yo s una cosa dijo un chico con una aguda voz de nia: podramos jugar a que las ruinas

    son un gran barco, y navegamos por mares desconocidos y vivimos aventuras. Yo soy el capitn, t eres el primer oficial, y t eres un investigador, porque es un viaje de exploracin, sabis? Y los dems sois marineros.Y nosotras, las nias, qu somos?Vosotras sois marineras; se trata de un barco del futuro.

    Eso es un buen plan! Intentaron jugar, pero no conseguan ponerse de acuerdo y el juego no funcionaba. Al rato, todos volvan a estar sentados en las gradas y esperaban.Entonces lleg Momo.La espuma saltaba furiosa cuando la proa cortaba el agua. El buque oceanogrfico Argo ca-

    beceaba majestuosamente en el oleaje mientras avanzaba tranquilamente, a toda mquina, por el mar del coral del sur. Nadie recordaba que un barco se hubiese atrevido a navegar por estos mares peligrosos, llenos de bajos, arrecifes de coral y monstruos marinos desconocidos. Haba aqu, sobre todo, lo que llamaban el tifn eterno, un cicln que nunca descansaba. Recorra incansable esos mares buscando vctimas como si fuera un ser vivo, incluso astuto. Su camino era impredecible. Y todo lo que caa en las garras de ese huracn no volva a aparecer hasta que quedaba reducido a astillas.

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    Bien es cierto que la nave expedicionaria Argo estaba muy bien preparada para un encuentro con el cicln andarn. Estaba hecha enteramente de acero especial, azul, elstico e irrompible como una espada toledana. Y, merced a un sistema de construccin especial, estaba fundido en-teramente de una pieza, sin ninguna soldadura.An as, es difcil que otro capitn y otra tripulacin hubieran tenido el valor de exponerse a

    estos peligros. Pero el capitn Gordon tena mucho valor. Desde el puente de mando miraba or-gulloso a sus marineros y marineras, todos ellos grandes especialistas en sus respectivos campos.Al lado del capitn estaba su primer oficial, don Mel, un lobo de mar de los que quedan pocos;

    haba sobrevivido a ciento veintisiete huracanes.Un poco ms atrs, en la toldilla, se poda ver al profesor Quadrado, director cientfico de la

    expedicin, con sus dos auxiliares, Mora y Sara, que merced a su prodigiosa memoria suplan bib-liotecas enteras. Los tres estaban inclinados sobre sus instrumentos de precisin y se consultaban en su complicada jerga cientfica.Un poco ms all estaba, en cuclillas, la bella nativa Momosan. De vez en cuando el profesor le

    preguntaba acerca de algn detalle de esos mares y ella le responda en su hermoso dialecto hula, que slo el profesor entenda.El objetivo de la expedicin era hallar las causas del tifn andarn y, de ser posible, eliminarlo,

    para que esos mares volvieran a ser navegables para los dems barcos. Pero, de momento todo segua tranquilo, y no haba indicio de tempestad.De repente, un grito del viga arranc al capitn de sus pensamientos.

    Capitn! grit desde la cofa haciendo bocina con las manos. Si no estoy loco veo ah delante una isla de cristal.

    El capitn y don Mel miraron inmediatamente a travs de sus catalejos. Tambin el profesor Quadrado y sus auxiliares se acercaron, interesados. Slo la bella nativa se qued tranquilamente sentada. Las misteriosas costumbres de su pueblo le prohiban mostrar curiosidad. Pronto llegaron a la isla de cristal. El profesor baj del barco por una escala de cuerda y pis el suelo transparente. ste era enormemente resbaladizo y al profesor Quadrado le costaba mucho mantenerse en pie.

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    La isla era totalmente redonda y tena un dimetro de unos veinte metros. Hacia el centro se levantaba como una cpula. Cuando el profesor hubo alcanzado el lugar ms alto pudo distinguir claramente una luz titilante en su interior.

    Comunic sus observaciones a los dems, que esperaban, atentos, apoyados en la borda.

    Segn eso dijo la auxiliar Mora, debe de tratarse de una Cestapuntia briscatesia.Puede ser dijo la auxiliar Sara, pero tambin puede ser un Cdulo leporfero.

    El profesor Quadrado se enderez, se ajust las gafas y grit hacia el puente:

    En mi opinin, tenemos que vrnoslas con una variedad del Comodus intarsicus comn. Pero no podremos estar seguros hasta no haberlo visto por debajo.

    Al instante se echaron al agua tres de las marineras que eran, adems, submarinistas de fama mundial y que, mientras tanto, ya se haban vestido con sus trajes de inmersin.Durante un rato, no se vieron en la superficie del mar ms que montones de burbujas, pero de re-

    pente sac la cabeza del agua una de las nias, de nombre Sandra, que grit con voz entrecortada:

    Es una medusa gigante. Las otras dos submarinistas estn atrapadas entre los tentculos y no pueden soltarse. Tenemos que ayudarlas antes de que sea demasiado tarde.

    Dicho esto, volvi a sumergirse.

    Inmediatamente se lanzaron al agua cien expertos hombresrana a las rdenes del capitn Blanco, conocido por el apodo de el Delfn. Bajo el agua comenz un combate increble, y el mar se cubri de espuma. Pero ni siquiera esos valerosos marineros consiguieron librar a las dos chicas de los terribles tentculos. La fuerza de la gigantesca medusa era demasiado grande.

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    Hay en ese mar alguna cosa dijo el profesor, con la frente arrugada, a sus dos auxiliares que provoca el gigantismo en los seres vivos. Esto es sumamente interesante.

    Mientras tanto, el capitn Gordon y su primer oficial don Mel, que haban estado conferenci-ando, haban tomado una decisin.

    Atrs! grit don Mel. Todo el mundo a bordo! Partiremos al monstruo en dos, si no, no podremos librar a las dos marineras. El Delfn y sus hombres volvieron a subir a bordo. El Argo retrocedi un poco y se lanz despus con toda su potencia avante, hacia la medusa gigante. La proa del buque era aguda como una cuchilla de afeitar. Cort la medusa en dos mitades, sin que a bordo se notara apenas un pequeo temblor. La maniobra no careca de peligro para las dos submarinistas presas entre los tentculos, pero el primer oficial haba calculado su posicin con la mayor exactitud y pas por medio de las dos. Al instante, los tentculos del monstruo perdieron toda su fuerza y las dos prisioneras pudieron librarse de ellos.

    Fueron recibidas jubilosamente a bordo. El profesor Quadrado se acerc a las dos muchachas y les dijo:

    Ha sido culpa ma. No debera haberos enviado. Perdonadme por haberos puesto en peligro.No hay nada que perdonar, profesor respondi una de las chicas con una risa alegre. Al

    fin y al cabo nos hemos embarcado para eso.

    A lo que la otra chica aadi:

    El peligro es nuestra profesin.

  • 34

    Ya no quedaba tiempo para ms palabras. Durante los trabajos de rescate, el capitn y la tripu-lacin se haban olvidado de observar el mar. De modo que slo ahora, en el ltimo instante, se dieron cuenta de que por el horizonte haba aparecido el tifn andarn que se diriga a toda velocidad hacia el Argo.Lleg al barco una primera ola, impresionante, lo alz en su cresta y lo lanz por una sima ac-

    uosa de cincuenta metros de profundidad, por lo menos. De haberse tratado de una tripulacin menos experta y valerosa que la del Argo, en este primer embate la mitad habra sido arrastrada por la borda, mientras que la otra mitad se habra desmayado. Pero el capitn Gordon estaba bien plantado sobre el puente de mando, como si no hubiera pasado nada, y toda la tripulacin haba aguantado del mismo modo. Slo la hermosa indgena Momosan, no acostumbrada a los peligros del mar, se haba refugiado en un bote salvavidas.En pocos segundos se oscureci todo el cielo. El torbellino se lanz, ululante, sobre el barco, al

    que haca saltar sobre las olas como un corcho. Su furia pareca crecer de minuto en minuto por no poder romperlo.El capitn daba sus rdenes con voz sosegada, y su primer oficial las repeta en voz alta. Incluso

    el profesor Quadrado y sus auxiliares seguan junto a sus instrumentos. Calculaban dnde deba estar el centro del tifn, pues hacia all tena que ir el barco. El capitn Gordon admiraba en silen-cio la sangre fra de los cientficos que, al fin y al cabo, no conocan el mar como l y sus hombres.El primer rayo cay sobre el buque de acero, que qued cargado elctricamente. Hacia cualquier

    parte que se extendiera la mano saltaban chispas. Pero todos, a bordo del Argo, se haban en-trenado durante meses para ello. A nadie le importaba ya.Lo nico malo era que las partes ms delgadas del barco, cables de acero y barras de hierro, se

    ponan incandescentes como el filamento de una bombilla, y eso dificultaba un poco el trabajo de la tripulacin, aunque todos llevaban guantes de amianto. Quiso la suerte que esa incandescencia se apagara pronto, porque comenz a caer una lluvia tal, como nadie de a bordo a excepcin de don Mel haba visto jams; una lluvia tan espesa que pronto desplaz todo el aire respirable. La tripulacin tuvo que ponerse gafas y escafandras de submarinista.

  • 35

    Un relmpago suceda a otro, un trueno a otro. La tempestad ululaba. Se levantaban olas enormes y blanca espuma.El Argo, con los motores a toda mquina, avanzaba metro a metro contra la fuerza incontenible

    del tifn. Los maquinistas y fogoneros, en el vientre del barco, hacan esfuerzos sobrehumanos. Se haban atado con gruesas sogas para que los bruscos movimientos del barco no los lanzaran hacia las fauces abiertas de las calderas.Por fin llegaron al centro del tifn. Qu espectculo se les ofreci all!Sobre la superficie del mar, liso como un espejo, porque la propia fuerza del huracn barra las

    olas, bailaba un ser gigantesco. Se sostena sobre una pata, se ensanchaba por arriba y pareca realmente un trompo del tamao de una montaa. Daba vueltas con tal rapidez, que no se podan distinguir los detalles.

    Un Sumsum gomalasticum! exclam entusiasmado el profesor Quadrado, mientras se sujetaba las gafas, que la lluvia le haca resbalar una y otra vez.Puede explicarnos esto un poco ms? refunfu don Mel. Somos simples marinos y...No moleste ahora al profesor con sus observaciones le interrumpi la auxiliar Sara. Es

    una ocasin nica. Esa especie de trompo animal procede, probablemente, de las primeras etapas de la evolucin. Debe de tener ms de mil millones de aos. Hoy no queda ms que una variedad microscpica que a veces se encuentra en la salsa de tomate y, excepcionalmente, en la tinta verde. Un ejemplar de ese tamao es, seguramente, el nico superviviente de su especie.Pero nosotros estamos aqu grit a travs del ulular del viento el capitn para eliminar

    las causas del tifn andarn. As que el profesor ha de decirnos cmo se puede hacer parar esa cosa.No lo s dijo el profesor. La ciencia no ha tenido todava ninguna ocasin de investigarlo.Est bien dijo el capitn. Primero le dispararemos y ya veremos qu pasa.Es una pena se quej el profesor disparar sobre el nico ejemplar de Sumsum goma-

    lasticum.

  • 36

    Pero el can contraficcin ya apuntaba al trompo gigantesco.

    Fuego! orden el capitn.

    De la boca del can sali una llamarada azul de un kilmetro de longitud. No se oy nada, porque, como todo el mundo sabe, el can contraficcin dispara protenas.El proyectil luminoso vol hacia el Sumsum, pero cay bajo el efecto del trompo, se desvi,

    dio varias vueltas al monstruo y fue arrastrado hacia lo alto, donde desapareci entre las negras nubes.

    Es intil! grit el capitn Gordon. Tenemos que acercarnos ms.Es imposible acercarnos ms respondi don Mel. Las mquinas trabajan a toda poten-

    cia y lo nico que logramos es que la tempestad no nos empuje ms lejos.Tiene alguna idea, profesor? pregunt el capitn.

    Pero el profesor se encogi de hombros, al igual que sus auxiliares, que tampoco saban qu aconsejar. Pareca que la expedicin haba fracasado.En ese momento, alguien tir de la manga del profesor. Era la bella indgena.

    Malumba! dijo con gesto elegante. Malumba oisitu sono. Erbini samba insaltu lolobin-dra. Cramuna heu beni beni sadogau.Babalu? pregunt sorprendido el profesor. Didi maha feinosi intu ge doinen malumba?La bella indgena asinti repetidamente y contest:Dodo um aufu sulamat vafada.Oioi respondi el profesor, mientras se acariciaba pensativamente el mentn.Qu es lo que dice? quiso saber el primer oficial.Dice explic el profesor que en su pueblo hay una cancin antiqusima, con la que se

    puede hacer dormir al tifn andarn, si es que alguien se atreve a cantarla.

  • 37

    Qu ridculo! refunfu don Mel. Una nana para un tifn.Qu opina usted profesor? pregunt la auxiliar Sara. Es posible una cosa as?No hay que tener prejuicios dijo el profesor. Muchas veces hay un fondo de verdad en

    las tradiciones de los indgenas. Quiz haya unas vibraciones sonoras determinadas que tienen alguna influencia sobre el Sumsum gomalasticum. No sabemos nada acerca de sus condiciones de vida.No puede perjudicarnos decidi el capitn. Tenemos que probarlo. Dgale que cante.

    El profesor se dirigi a la bella indgena y dijo:

    Malumba didi oisafal hunahuna, vafadu?

    Mamosan asinti y comenz a entonar una cantinela muy peculiar que se compona de unas pocas notas que se repetan cada vez:Eni meni allubeni wanna tai susura teni.Se acompaaba con palmadas y saltaba al comps.La sencilla meloda y la letra eran fciles de recordar. Poco a poco, otros fueron hacindole

    coro, de modo que, pronto, toda la tripulacin cantaba, bata palmas y saltaba al comps. Era un espectculo bastante sorprendente ver cantar y bailar como nios al viejo lobo de mar don Mel y al profesor Quadrado.Y sucedi lo que nadie haba credo. El trompo gigantesco empez a dar vueltas ms y ms lenta-

    mente, se par finalmente y comenz a hundirse. Con el ruido de un trueno se cerraron las olas sobre l. La tempestad acab de repente, el cielo se volvi transparente y azul y las olas del mar se calmaron. El Argo se meca plcidamente sobre las tranquilas aguas como si jams hubiera existido una tormenta.

  • 38

    Hombres! dijo el capitn Gordon mientras los miraba a la cara, uno a uno. Lo hemos conseguido! nunca hablaba mucho, todos lo saban; por eso pesaba tanto ms el que ahora aadiera: Estoy orgulloso de vosotros.

    Creo dijo la chica que llevaba a su hermanito que ha llovido de verdad. Yo, por lo menos, estoy calada.

    Es verdad que mientras tanto haba descargado la tormenta. Y sobre todo la nia con su her-manito se sorprenda de que haba olvidado tener miedo al rayo y al trueno mientras haba estado en el barco de acero.Siguieron hablando durante un rato sobre la aventura y se explicaban detalles, los unos a los

    otros, que cada uno haba visto y vivido para s. Entonces se separaron para ir a casa y secarse.Slo haba uno que no estaba del todo satisfecho con el curso del juego: el nio de las gafas. Al

    despedirse le dijo a Momo:

    En el fondo es una lstima que hayamos hundido el Sumsum gomalasticum. El ltimo ejem-plar de su especie! Me hubiera gustado poder estudiarlo un poco ms de cerca.

    Pero en un punto estaban todos de acuerdo: en ningn otro lado se poda jugar como con Momo.

  • 39

    IV

    Un viejo callado y un joven parlanchn

    Aun cuando alguien tiene muchos amigos, suele haber entre ellos unos pocos a los que se quiere todava ms que a los dems. Tambin en el caso de Momo era as.Tena dos grandes amigos que iban a verla cada da y que com-

    partan con ella todo lo que tenan. Uno era joven y otro viejo.Momo no habra sabido decir a quin de los dos quera ms.El viejo se llamaba Beppo Barrendero. Seguro que en realidad ten-

    dra otro apellido, pero como era barrendero de profesin y todos le llamaban as, l tambin deca que se era su nombre.

    Beppo Barrendero viva en una choza que l mismo se haba construido, cerca del anfiteatro, a base de ladrillos, latas y cartn embreado. Era extraordinariamente bajo e iba siempre un poco encorvado, por lo que apenas sobrepasaba a Momo. Siempre llevaba su gran cabeza, sobre la que se ergua un mechn de pelos canosos, un poco torcida, y sobre la nariz llevaba unas pequeas gafas.Algunos opinaban que a Beppo Barrendero le faltaba algn tornillo. Lo decan porque ante las

    preguntas se limitaba a sonrer amablemente y no contestaba. Pensaba. Y cuando crea que una respuesta era innecesaria, se callaba. Pero cuando la crea necesaria, pensaba sobre ella. A veces tardaba dos horas en contestar, pero otras tardaba todo un da. Mientras tanto, el otro, claro est, haba olvidado qu haba preguntado, por lo que la respuesta de Beppo le sorprenda.Slo Momo saba esperar tanto y entenda lo que deca. Saba que se tomaba tanto tiempo para

    no decir nunca nada que no fuera verdad.

  • 40

    Pues en su opinin, todas las desgracias del mundo nacan de las muchas mentiras, las dichas a propsito, pero tambin las involuntarias, causadas por la prisa o la imprecisin.Cada maana iba, antes del amanecer, en su vieja y chirriante bicicleta, hacia el centro de la

    ciudad, a un gran edificio. All esperaba, con sus compaeros, en un patio, hasta que le daban una escoba y le sealaban una calle que tena que barrer.A Beppo le gustaban estas horas antes del amanecer, cuando la ciudad todava dorma. Le gus-

    taba su trabajo y lo haca bien. Saba que era un trabajo muy necesario.Cuando barra las calles, lo haca despaciosamente, pero con constancia; a cada paso una inspi-

    racin y a cada inspiracin una barrida. Pasoinspiracinbarrida. Pasoinspiracinbarri-da. De vez en cuando, se paraba un momento y miraba pensativamente ante s. Despus prosegua pasoinspiracinbarrida.Mientras se iba moviendo, con la calle sucia ante s y la limpia detrs, se le ocurran pensamien-

    tos. Pero eran pensamientos sin palabras, pensamientos tan difciles de comunicar como un olor del que uno a duras penas se acuerda, o como un color que se ha soado. Despus del trabajo, cuando se sentaba con Momo, le explicaba sus pensamientos. Y como ella le escuchaba a su modo, tan peculiar, su lengua se soltaba y hallaba las palabras adecuadas.

    Ves, Momo le deca, por ejemplo, las cosas son as: a veces tienes ante ti una calle lar-gusima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrs acabarla.

    Mir un rato en silencio a su alrededor; entonces sigui:

    Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez ms prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace ms corta. Y te esfuerzas ms todava, empiezas a tener miedo, al final ests sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. As no se debe hacer.

    Pens durante un rato. Entonces sigui hablando:Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, entiendes? Slo hay que pensar en el paso

    siguiente, en la inspiracin siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada ms que en el siguiente.

  • 41

    Volvi a callar y reflexionar, antes de aadir:

    Entonces es divertido; eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y as ha de ser.

    Despus de una nueva y larga interrupcin, sigui:

    De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta cmo ha sido, y no se est sin aliento.

    Asinti en silencio y dijo, poniendo punto final:

    Eso es importante.

    Otra vez se sent al lado de Momo, callado, y ella vio que estaba pensando y que quera decir algo muy especial. De repente, l la mir a los ojos y le dijo:

    Nos he reconocido.

    Pas mucho rato antes de que continuara con voz baja:

    Eso ocurre, a veces... a medioda..., cuando todo duerme en el calor... El mundo se vuelve transparente... Como un ro, entiendes?... Se puede ver el fondo.

    Asinti y call un rato, para decir en voz ms baja:

    Hay all otros tiempos, all al fondo.

  • 42

    Volvi a pensar un buen rato, buscando las palabras adecuadas. Pero pareci no encontrarlas, pues de repente dijo con voz totalmente normal:

    Hoy estuve barriendo junto a las viejas murallas. Hay all cinco sillares de otro color. As, entiendes?

    Y con el dedo dibuj una gran T en el suelo. La mir con la cabeza torcida y, de repente, murmur:

    Las he reconocido, las piedras.

    Despus de otra interrupcin sigui a empellones:

    Esos eran otros tiempos, cuando se construy la muralla... Trabajaron muchos en ella... Pero haba dos, entre ellos, que colocaron esos sillares... Era una seal, comprendes?... La he recono-cido.

    Se pas las manos por los ojos. Pareca costarle un gran esfuerzo lo que intentaba decir, porque al seguir hablando, las palabras salan con esfuerzo:

    Tenan otro aspecto, esos dos, en aquel entonces.

    Pero entonces dijo, en tono definitivo y casi colrico.

    Pero nos he reconocido, a ti y m. Nos he reconocido!

    No se le puede tomar a mal a la gente el que sonriera cuando oa hablar a Beppo barrendero de ese modo y, a sus espaldas, algunos sealaban la sien con el dedo. Pero Momo lo quera y guardaba todas sus palabras en su corazn.

  • 43

    El otro amigo de Momo era joven y, en todos los aspectos, lo ms opuesto a Beppo barrendero. Era un guapo muchacho de ojos soadores, pero una lengua increble. Siempre estaba repleto de bromas y chistes, y saba rer con tal ligereza, que haba que rer con l, se quisiera o no. Se llamaba Girolamo, pero todos lo llamaban Gigi.Como al viejo Beppo lo hemos llamado segn su profesin, haremos lo mismo con Gigi, aunque

    no tena ninguna profesin precisa. Lo vamos a llamar, pues, Gigi Cicerone. Pero ya queda dicho que la de cicerone slo era una de las muchas profesiones que ejerca segn la ocasin, y no lo era, ni mucho menos, de modo oficial.El nico requisito que tena para ejercer esa actividad era una gorra de plato. Se la pona en

    cuanto vea aparecer, de tarde en tarde, algn grupo de viajeros que se haba perdido por ese barrio. Se acercaba a ellos con la cara seria y se ofreca a guiarlos y explicarles todo. Si los fo-rasteros estaban de acuerdo, se disparaba y les contaba los cuentos de Calleja. Punteaba su relato de acontecimientos, nombres y fechas inventados, de tal manera que los pobres oyentes quedaban totalmente confusos. Algunos se daban cuenta y se marchaban enfadados. Pero la mayora se lo crea y se lo retribuan cuando Gigi pasaba la gorra, al final.La gente de los alrededores se rea de las invenciones de Gigi, pero algunos ponan caras censo-

    ras y opinaban que no estaba bien que aceptara dinero a cambio de historias que, al fin y al cabo, haba inventado.

    Eso lo hacen todos los poetas deca a eso Gigi. Y acaso la gente no ha recibido nada a cambio de su dinero? Yo os digo que han recibido exactamente lo que queran. Y qu importa que lo que yo cuente est o no escrito en algn libro muy sabio? Quin os dice a vosotros que las historias que ponen en los libros sabios no sean inventadas, slo que nadie se acuerda ya?

    Otra vez deca:

    Quin sabe lo que es cierto y lo que no? Quin puede saber lo que ha ocurrido aqu hace mil o dos mil aos? Lo sabis vosotros?

  • 44

    No reconocan los dems.Lo veis! exclamaba Gigi Cicerone. Cmo podis decir vosotros que las historias que yo

    cuento no son verdad! Puede ser que, casualmente, haya ocurrido tal como yo lo cuento. Entonces he dicho la pura verdad.

    A eso era difcil oponer nada. S, en lo que se refiere a locuacidad, Gigi fcilmente poda con todos ellos.Lamentablemente venan muy pocos forasteros que quisieran ver el anfiteatro, por lo que Gigi

    tena que practicar otras profesiones. Segn la ocasin, era guarda de un aparcamiento, testigo de boda, paseador de perros, cartero de amor, participante en un funeral, traficante de recuerdos y muchas otras cosas ms.Pero Gigi soaba con volverse rico y famoso. Vivira en una casa de fbula, rodeada de un

    parque; comera en platos dorados y dormira sobre almohadas de seda. Y se vea a s mismo en el esplendor de la fama como un sol, cuyos rayos ya lo calentaban ahora, en su miseria.

    Lo conseguir! exclamaba, cuando los otros se rean de sus sueos. Todos os acordaris de mis palabras.

    Pero ni l mismo hubiera podido decir cmo pensaba alcanzar la fama. Porque no le atraan de-masiado el esfuerzo y el trabajo.

    Eso no tiene mrito le deca a Momo, as se puede hacer rico cualquiera. Mralos, lo que parecen los que han vendido la vida y el alma por un poco de bienestar. No, a eso no juego yo. Y aunque muchas veces no tenga dinero, ni siquiera para pagar una taza de caf, Gigi seguir siendo Gigi.

    Se pensara que era totalmente imposible que dos personas de ideas tan diferentes acerca del mundo y la vida, como Gigi Cicerone y Beppo Barrendero, se hicieran amigos.

  • 45

    Sin embargo, as era. Da la casualidad que el nico que nunca censuraba a Gigi su ligereza era el viejo Beppo. Y por la misma casualidad era precisamente el locuaz Gigi el nico que nunca se rea del sorprendente y viejo Beppo.Probablemente fuera a causa del modo en que Momo los escuchaba a ambos.

    Ninguno de los tres intua que pronto caera una sombra sobre su amistad. Y no slo sobre su amistad, sino sobre toda la regin; una sombra que creca y creca y que ahora mismo, oscura y fra, se extenda ya sobre la gran ciudad.Se trataba de una conquista callada e insensible, que avanzaba da a da, y contra la que nadie

    se resista, porque nadie consegua darse cuenta de ella. Y los conquistadores quines eran?Ni siquiera el viejo Beppo, que se daba cuenta de tantas cosas que los dems no vean, observaba

    los hombres grises que recorran, incansables, la ciudad y parecan estar siempre ocupados. Y eso que no eran invisibles. Se les vea, y no se les vea. De algn misterioso modo eran capaces de pasar desapercibidos, de manera que no se les observaba o se volva a olvidar, en seguida, su aspecto. As podan operar en la clandestinidad, precisamente porque no se ocultaban. Y como nadie reparaba en ellos, nadie les preguntaba de dnde haban salido y de dnde salan, porque cada da eran ms.Circulaban por las calles en elegantes coches grises, entraban en todas las casas, se sentaban en

    todos los restaurantes. Muchas veces hacan anotaciones en sus agendas.Eran unos hombres vestidos con trajes de un color gris telaraa. Incluso sus caras parecan ser

    de ceniza gris. Llevaban bombines y fumaban pequeos puros grises. Cada uno llevaba siempre un maletn gris plomo.Tampoco Gigi Cicerone haba notado que varias veces alguno de esos hombres grises haban

    estado cerca del anfiteatro y haban apuntado muchas cosas en sus agendas.Slo Momo haba observado que una tarde haban aparecido sus oscuras siluetas por el borde

    superior del anfiteatro. Se haban hecho seas los unos a los otros y despus se haban reunido a discutir. No se haba odo nada, pero Momo, de repente, haba sentido un fro muy especial, como no lo haba notado nunca antes. No le sirvi de nada que se arrebujara ms estrechamente en su gran chaquetn, porque no era un fro normal.

  • 46

    Despus, los hombres grises se haban ido de nuevo y no haban vuelto a aparecer.

    Esa noche, Momo no haba podido or, como otras veces, la msica callada y poderosa. Pero al da siguiente, la vida haba continuado como siempre, y Momo no volvi a pensar en los curiosos visitantes. Tambin ella los haba olvidado.

  • 47

    V

    Cuentos para muchos y cuentos para una

    Poco a poco, Momo se haba vuelto totalmente imprescindible para Gigi Cicero-ne. En la medida en que se puede afirmar eso de un tipo tan inconstante como l, haba cobrado un profundo cario por la nia, y hubiera querido llevarla consigo a todas partes.El contar historias era, como ya sabemos, su pasin. Y precisamente en este

    punto se haba operado un cambio en l. Antes, sus historias haban resultado, de vez en cuando, un tanto pobres, no se le ocurra nada interesante, repeta algunas cosas o recurra a alguna pelcula que haba visto o alguna noticia que haba ledo. Por decirlo as, sus historias haban ido a pie, pero desde que

    conoca a Momo, le haban crecido alas.Especialmente cuando Momo estaba con l y le escuchaba, su fantasa floreca como un prado

    en primavera. Nios y mayores se apiaban a su alrededor. Ahora era capaz de contar historias que se estiraban en muchos captulos a lo largo de das y semanas, y nunca se le agotaban las ocurrencias. l mismo, por cierto, tambin se escuchaba con la mxima atencin, porque no tena la ms mnima idea de adnde le conducira su fantasa.Una vez que llegaron unos viajeros que queran visitar el anfiteatro (Momo estaba sentada, algo

    apartada, en las gradas de piedra), comenz del modo siguiente:

    Estimadas seoras y caballeros! Como acaso todos ustedes sepan, la emperatriz Basilisca Agus-tina emprendi incontables guerras para defender su imperio de los constantes ataques de los pitos y flautas. Cuando hubo sometido una vez ms a esos pueblos, estaba tan irritada por la incansable molestia que amenaz con exterminar a todos los atacantes a menos que su rey

  • 48

    Xaxotraxolus le cediera, como castigo, su carpa dorada. Pues en aquella poca, damas y cabal-leros, las carpas doradas todava eran desconocidas aqu. Pero la emperatriz Basilisca haba odo de boca de un viajero que el rey Xaxotraxolus posea un pececito que, en cuanto que hubiera acabado de crecer, se convertira en oro puro. Y esa rareza quera poseerla a cualquier precio la emperatriz Basilisca. El rey Xaxotraxolus se ri para sus adentros. Ocult debajo de la cama la carpa dorada, que efectivamente posea, e hizo entregar a la emperatriz, en una sopera incrustada de diamantes, una ballena pequeita. Bien es cierto que la emperatriz qued un tanto sorprendida por el tamao del animal, pues se haba imaginado la carpa dorada un poco ms pequea. Pero pens que cuanto mayor, mejor, pues tanto ms oro producira, al final, el pez. Pero, por otro lado, ese pez no pareca dorado, y eso la intranquilizaba. Pero el emisario del rey Xaxotraxolus le declar que el pez no se convertira en oro hasta haber acabado de crecer, no antes. Por eso era muy importante que no se le estorbara en su crecimiento. Con eso, la emperatriz Basilisca se dio por satisfecha. El pececito creca de da en da y consuma enormes cantidades de comida. Pero la emperatriz no era pobre y el pez reciba todo lo que poda tragar, con lo que se hizo grande y gordo. Pronto la sopera se qued pequea. _Cuanto mayor, mejor_, dijo la emperatriz Basilisca, y lo hizo trasladar a su baera. Pero al poco tiempo ya no caba tampoco en la baera. Creca y creca. Entonces fue trasladado a la piscina imperial. Eso ya era un transporte bastante compli-cado, porque el pez ya pesaba tanto como un buey. Uno de los esclavos que tena que arrastrarlo resbal y la emperatriz lo mand tirar a los leones, porque el pez lo era todo para ella. Todos los das se pasaba muchas horas sentada al borde de la piscina y lo vea crecer. No pensaba ms que en el oro, pues es sabido que llevaba una vida muy esplndida y nunca tena oro suficiente. _Cu-anto mayor, mejor_, murmuraba para s. Esa frase se convirti en el lema del imperio y se grab en letras de oro en todos los edificios estatales. Pero, hasta la piscina imperial result demasiado pequea para el pez. Entonces, Basilisca mand construir este edificio, cuyas ruinas, seoras y seores, tienen ante s. Era un enorme acuario, totalmente circular, lleno hasta el borde de agua, en el que el pez, por fin, poda estirarse a gusto. La emperatriz, como ya hemos dicho, pasaba da y noche en este lugar y esperaba que el pez gigante se convirtiera en oro. Ya no se fiaba de nadie, ni de sus esclavos ni de sus parientes, y tema que le fueran a robar el pez. De modo que ah estaba, adelgazaba ms y ms por el miedo y la preocupacin, no pegaba ojo y vigilaba el pez,

  • 49

    que nadaba divertido y no pensaba siquiera en convertirse en oro. Y Basilisca se despreocupaba ms y ms de los asuntos del gobierno. Eso precisamente haban esperado los pitos y flautas. Bajo la direccin de su rey Xaxotraxolus, emprendieron una ltima campaa y conquistaron todo el imperio en un paseo militar. No se encontraron con ningn soldado y al pueblo tanto le daba quin lo gobernara. Cuando la emperatriz Basilisca se enter, por fin, del asunto, pronunci las famosas palabras: _Ay de m! Ojal..._. El resto por desgracia, no ha llegado hasta nosotros. Lo que s se sabe con certeza es que se lanz a este acuario y se ahog al lado del pez, tumba de todas sus esperanzas. Para celebrar la victoria, el rey Xaxotraxolus mand matar la ballena, de modo que todo el pueblo recibi, durante ocho das, filete de pescado asado. As pueden ver, seoras y seores, adnde conduce la credulidad.Con estas palabras concluy Gigi su relato, y los oyentes estaban visiblemente impresionados.

    Miraban las ruinas con todo respeto. Slo uno de ellos desconfiaba un poco y pregunt:

    Y cundo dice que ocurri todo eso?

    Pero Gigi nunca dejaba una pregunta sin contestar y dijo:

    Como todo el mundo sabe, la emperatriz Basilisca fue contempornea del filsofo Snaca el Viejo.

    El desconfiado, claro est, no quera reconocer que no saba cundo haba vivido el filsofo Snaca el Viejo, por lo que slo dijo:

    Ah, muchas gracias.

    Todos los oyentes estaban sumamente satisfechos y decan que esa visita realmente haba mer-ecido la pena, y que nadie les haba explicado nunca, tan comprensiblemente, los hechos de la historia. Entonces Gigi present, modestamente, su gorra, y la gente se mostr generosa. Incluso el desconfiado ech unas monedas en ella. Adems, desde que haba llegado Momo,

  • 50

    Gigi no contaba nunca dos veces la misma historia. Le habra resultado demasiado aburrido. Si Momo estaba entre los oyentes, le pareca que en su interior se abran unas compuertas por las que fluan ms y ms ocurrencias, sin que tuviera necesidad de parar a pensrselas.Al contrario: muchas veces tena que intentar refrenarse, para no ir demasiado lejos, como

    aquella vez, en que dos damas americanas, mayores, distinguidas, haban aceptado sus servicios. Pues les haba dado un buen susto cuando les relat lo siguiente: Claro est que incluso en su bella y libre Amrica, estimadas seoras, sabrn que el cruel tirano

    Marjencio Communo haba concebido un plan de cambiar el mundo segn sus ideas. Pero hiciera lo que hiciera, la gente segua siendo ms o menos igual y no se dejaba cambiar. Entonces, en su vejez, Marjencio Communo se volvi loco. Como ustedes saben, estimadas seoras, en aquel tiem-po no haba todava psiquiatras que supieran curar esas enfermedades. Con lo que haba que dejar que los tiranos hicieran el loco como quisieran. En su locura, a Marjencio Communo se le ocurri la idea de dejar que el mundo siguiera siendo como quisiera y hacerse otro, nuevo, a su gusto. As que orden que se construyera un globo que tena que tener el mismo tamao que la vieja Tierra, y en el que haba que reproducir, con toda fidelidad, cada detalle: cada casa, cada rbol, todas las montaas, ros y mares. Toda la humanidad fue obligada, bajo pena de muerte, a trabajar en la ingente obra. En primer lugar, construyeron un pedestal, sobre el que deba apoyarse ese globo gigantesco. La ruina de ese pedestal, estimadas seoras, es la que tienen ustedes ante s. Entonces se comenz a construir el propio globo terrqueo, una esfera gigantesca, del mismo tamao que la Tierra. Cuando se acab de construir la esfera, se reprodujo con cuidado todo lo que haba sobre la Tierra. Claro est que se necesitaba mucho material para ese globo terrqueo, y ese material no se poda tomar de ningn lado ms que de la propia Tierra. As, la Tierra se haca cada vez ms pequea, mientras el globo se haca mayor. Y cuando se hubo terminado de hacer el nuevo mundo, hubo que aprovechar para ello precisamente la ltima piedrecita que quedaba de la Tierra. Claro est que tambin todos los habitantes se haban ido de la vieja Tierra al nuevo globo terrqueo, porque la vieja se haba acabado. Cuando Marjencio Communo se dio cuenta de que todo segua igual que antes, se cubri la cabeza con la toga y se fue. Nadie sabe adnde. Ven ustedes, estima-das seoras, este hueco en forma de embudo, que permite distinguir las ruinas en la actualidad es el pedestal que se apoyaba en la superficie de la vieja Tierra.

  • 51

    As que deben imaginrselo todo al revs.

    Las dos distinguidas damas de Amrica palidecieron, y una pregunt:

    Y dnde ha quedado el globo terrqueo?

    Estn ustedes en l contest Gigi. El mundo actual, seoras mas, es el globo terrqueo.

    Las dos damas chillaron horrorizadas y huyeron. Gigi present en vano la gorra.

    Pero lo que ms le gustaba a Gigi era contarle cuentos slo a Momo, cuando no escuchaba nadie ms. Casi siempre eran cuentos que trataban de los propios Gigi y Momo. Y slo estaban destina-dos a ellos dos y eran totalmente diferentes a los que Gigi contaba en otras ocasiones.Una noche hermosa y clida, los dos estaban sentados callados en los escalones de piedra. En el

    cielo brillaban ya las primeras estrellas y la luna se perfilaba, grande y plateada, sobre las siluetas negras de los pinos.

    Me cuentas un cuento? pidi Momo.Est bien dijo Gigi. De quin?De Momo y Girolamo, si puede ser contest Momo.

    Gigi reflexion un momento y pregunt:

    Y cmo ha de llamarse?Quiz... el cuento del espejo mgico?

    Gigi asinti, pensativo:

  • 52

    Eso suena bien. Veamos qu pasa.

    Puso un brazo alrededor de los hombros de Momo y comenz:

    rase una vez una hermosa princesa llamada Momo, que vesta de seda y terciopelo y viva muy por encima del mundo, sobre la cima de una montaa, cubierta de nieve, en un castillo de cristal. Tena todo lo que se puede desear, no coma ms que los manjares ms finos y no beba ms que el vino ms dulce. Dorma sobre almohadas de seda y se sentaba en sillas de marfil. Lo tena todo, pero estaba completamente sola. Todo lo que la rodeaba, la servidumbre, las camareras, gatos, perros y pjaros e incluso las flores, todo, no eran ms que reflejos de un espejo. Porque resulta que la princesa Momo tena un espejo mgico grande, redondo y de la ms pura plata. Lo enviaba cada da y cada noche por todo el mundo. Y el gran espejo flotaba sobre pases y mares, sobre ciudades y campos. La gente que lo vea no se sorprenda, sino que deca: _Es la luna_. Y cada vez que el espejo volva, pona delante de la princesa todos los reflejos que haba recogido durante su viaje. Los haba bonitos y feos, interesantes y aburridos, segn como sala. La princesa escoga los que le gustaban, mientras que los otros los tiraba simplemente a un arroyo. Y los reflejos liberados volvan a sus dueos, a travs del agua, mucho ms deprisa de lo que te imaginas. A eso se debe que veas tu propia imagen reflejada cuando te inclinas sobre un pozo o un charco de agua. A todo esto he olvidado decir que la princesa Momo era inmortal. Porque nunca se haba mirado a s misma en el espejo mgico. Porque quien vea en l su propia imagen, se volva, por ello, mortal. Eso lo saba muy bien la princesa Momo, y por lo tanto no lo haca. De ese modo viva con todas sus imgenes, jugaba con ellas y estaba bastante contenta. Pero un da, el espejo mgico le trajo una imagen que le interes ms que todas las otras. Era la imagen de un joven prncipe. Cuando lo hubo visto le entr tal nostalgia, que quera llegar hasta l como fuera. Pero, cmo? No saba dnde viva, ni quin era, no saba ni siquiera cmo se llamaba. Como no encontraba otra solucin, decidi mirarse por fin en el espejo. Porque pensaba: a lo mejor el espejo llevar mi imagen hasta el prncipe. Puede que mire casualmente hacia el cielo, cuando pase el espejo, y ver mi imagen. Acaso siga el camino del espejo y me encuentre aqu. As que se mir largamente en el espejo

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    y lo envi por el mundo con su reflejo. Pero as, claro est, se haba vuelto mortal. En seguida oirs cmo sigue esta historia, pero primero he de hablarte del prncipe. Este prncipe se llamaba Girolamo y viva en un reino fabuloso. Todos los que vivan en l amaban y admiraban al prncipe. Un buen da, los ministros dijeron al prncipe: _Majestad, debis casaros, porque as es como debe ser_.

    El prncipe Girolamo no tena nada que oponer, de modo que llegaron al palacio las ms bellas seoritas del pas, para que pudiera elegir una. Todas se haban puesto lo ms guapas posible, porque todas queran casarse con l. Pero entre las muchachas tambin se haba colado en el palacio un hada mala, que no tena en las venas sangre roja y clida, sino sangre verde y fra. Claro que eso no se le notaba, porque se haba maquillado con mucho cuidado. Cuando el prncipe entr en el gran saln dorado del trono, para hacer su eleccin, ella pronunci rpidamente un conjuro, de modo que Girolamo no vio a nadie ms que ella. Y adems le pareci tan hermosa, que al momento le pregunt si quera ser su esposa. Con mucho gusto dijo el hada mala, pero pongo una condicin. La cumplir respondi Girolamo, irreflexivo. Est bien contest el hada mala, y sonri con tal dulzura, que el desgraciado prncipe casi se marea, durante un ao no podrs mirar el flotante espejo de plata. Si lo haces, olvidars al instante todo lo que es tuyo. Olvidars lo que eres en realidad y tendrs que ir al pas de Hoy, donde nadie te conoce, y all vivirs como un pobre diablo. Ests de acuerdo? Si no es ms que eso exclam el prncipe Girolamo, la condicin es fcil. Qu ha ocurrido mientras tanto con la princesa Momo? Haba esperado y esperado, pero el prncipe no haba venido. Entonces decidi salir a buscarle ella misma. Devolvi la libertad a todas las imgenes que tena a su alrededor. Entonces baj, totalmente sola y en sus suaves zapatillas, desde su palacio de cristal, a travs de las montaas nevadas, hacia el mundo. Recorri todos los pases, hasta que lleg al pas de Hoy. A estas alturas sus zapatillas estaban gastadas y tena que ir descalza. Pero el espejo mgico con su imagen segua flotando por el cielo. Una noche el prncipe Girolamo estaba sentado en el tejado de su palacio dorado y jugaba a las damas con el hada de la sangre verde y fra. De repente cay una gota diminuta sobre la mano del prncipe. Empieza a llover dijo el hada de la sangre verde. No contest el prncipe, no puede ser porque no hay ni una sola nube en

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    el cielo. Y mir hacia lo alto, directamente al gran espejo mgico, plateado, que flotaba all arriba. Entonces vio la imagen de la princesa Momo y observ que lloraba y que una de sus lgrimas le haba cado sobre la mano. En el mismo momento se dio cuenta de que el hada le haba engaado, que no era hermosa y que en sus venas slo tena sangre verde y fra. Era a la princesa Momo a la que amaba en verdad. Acabas de romper tu promesa dijo el hada verde, y su cara se crisp hasta parecer la de una serpiente y ahora has de pagarlo. Introdujo sus largos dedos verdes en el pecho de Girolamo, que se qued sentado como paralizado, y le hizo un nudo en el corazn. En ese mismo instante olvid que era el prncipe Girolamo. Sali de su palacio y de su reino como un ladrn furtivo. Camin por todo el mundo, hasta que lleg al pas de Hoy, donde vivi en adelante como un pobre intil desconocido y se llamaba simplemente Gigi. Lo nico que haba llevado consigo era la imagen del espejo mgico que desde entonces qued vaco. Mientras tanto, los vestidos de seda y terciopelo de la princesa Momo se haban gastado. Ahora llevaba un chaquetn de hombre, viejo, demasiado grande, y una falda de remiendos de todos los colores. Y viva en unas ruinas. Aqu se encuentran un buen da. Pero la princesa Momo no reconoce al prn-cipe Girolamo, porque ahora es un pobre diablo. Tampoco Gigi reconoci a la princesa, porque ya no tena ningn aspecto de princesa. Pero en la desgracia comn, los dos se hicieron amigos y se consolaban mutuamente. Una noche, cuando volva a flotar en el cielo el espejo mgico, que ahora estaba vaco, Gigi sac del bolsillo la imagen y se la ense a Momo. Estaba ya muy ar-rugada y desvada, pero an as, la princesa se dio cuenta en seguida que se trataba de su propia imagen. Y entonces tambin reconoci, bajo la mscara de pobre diablo, al prncipe Girolamo, al que siempre haba buscado y por quien se haba vuelto mortal. Y se lo cont todo. Pero Gigi movi triste la cabeza y dijo: No puedo entender nada de lo que dices, porque tengo un nudo en el corazn y no puedo acordarme de nada.

    Entonces, la princesa Momo meti la mano en su pecho y desat, con toda facilidad, el nudo que tena en el corazn. Y, de repente, el prncipe Girolamo volvi a saber quin era. Tom a la princesa de la mano y se fue con ella muy lejos, a su pas.

    Una vez que Gigi hubo concluido, ambos callaron un ratito; despus Momo pregunt:

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    Y despus han sido marido y mujer?Creo que s dijo Gigi, ms tarde.Y han muerto mientras tanto?No dijo Gigi con decisin. Eso lo s exactamente. El espejo mgico slo haca a alguien

    mortal, cuando se miraba en l a solas. Pero si se miran dos, vuelven a ser inmortales. Y eso hici-eron estos dos.

    La luna se vea grande y plateada sobre los pinos negros y haca brillar misteriosamente las viejas piedras de las ruinas. Momo y Gigi estaban sentados en silencio el uno al lado del otro y se miraron largamente en ella: sintieron con toda claridad que, durante ese instante, ambos eran inmortales.

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    SEGUNDA PARTE LOS HOMBRES GRISES

  • 58

    VI

    La cuenta est equivocada, pero cuadra

    Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa de ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar el ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo.Hay calendarios y relojes para medirlo, pero eso significa poco, porque todos

    sabemos que, a veces, una hora puede parecernos una eternidad, y otra, en cambio, pasa en un instante; depende de lo que hagamos durante esa hora.Porque el tiempo es vida. Y la vida reside en el corazn.Y nadie lo sabe tan bien, precisamente, como los hombres grises. Nadie saba

    apreciar tan bien el valor de una hora, de un minuto, de un segundo de vida, incluso, como ellos. Claro que lo apreciaban a su manera, como las sanguijuelas aprecian la sangre, y as actuaban.Ellos se haban hecho sus planes con el tiempo de los hombres. Eran planes trazados muy cui-

    dadosamente y con gran previsin. Lo ms importante era que nadie prestara atencin a sus actividades. Se haban incrustado en la vida de la gran ciudad y de sus habitantes sin llamar la atencin. Paso a paso, sin que nadie se diera cuenta, continuaban su invasin y tomaban posesin de los hombres.Conocan a cualquiera que pareca apto para sus planes mucho antes de que ste se diera cuenta.

    No hacan ms que esperar el momento adecuado para atraparle. Aunque hicieran todo lo posible para que ese momento llegara pronto.

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    Tomemos, por ejemplo, al seor Fusi, el barbero. Es cierto que no se trataba de un peluquero famoso, pero era apreciado en su barrio. No era ni pobre ni rico. Su tienda, situada en el centro de la ciudad, era pequea, y ocupaba a un aprendiz.Un da, el seor Fusi estaba a la puerta de su establecimiento y esperaba a la clientela. El apre-

    ndiz libraba aquel da, y el seor Fusi estaba solo. Miraba cmo la lluvia caa sobre la calle, pues era un da gris, y tambin en el espritu del seor Fusi haca un da plomizo. Mi vida va pasando, pensaba, entre el chasquido de las tijeras, el parloteo y la espuma de jabn. Qu estoy haciendo de mi vida? El da que me muera ser como si nunca hubiera existido.A todo eso no hay que creer que el seor Fusi tuviera algo que oponer a una charla. Todo lo

    contrario: le encantaba explicar a los clientes, con toda amplitud, sus opiniones, y or lo que ellos pensaban de ellas. Tampoco le molestaba en absoluto el chasquido de las tijeras o la espuma de jabn. Su trabajo le gustaba mucho y saba que lo haca bien. Especialmente su habilidad en af-eitar a contrapelo bajo la barbilla era difcil de superar. Pero hay momentos en que uno se olvida de todo eso. Le pasa a todo el mundo.Toda mi vida es un error!, pensaba el seor Fusi. Qu se ha hecho de m? Un insignificante barbero, eso es todo lo que he conseguido ser. Pero

    si pudiera vivir de verdad sera otra cosa distinta.Claro que el seor Fusi no tena la menor idea de cmo habra de ser eso de vivir de verdad. Slo

    se imaginaba algo importante, algo muy lujoso, tal como vea en las revistas. Pero, pensaba con pesimismo, mi trabajo no me deja tiempo para ello. Porque para vivir de ver-

    dad hay que tener tiempo. Hay que ser libre. Pero yo seguir toda mi vida preso del chasquido de las tijeras, el parloteo y la espuma de jabn.En ese momento se acerc un coche lujoso, gris, que se detuvo exactamente delante de la bar-

    bera del seor Fusi. Se ape un seor gris, que entr en el establecimiento. Puso su cartera gris en la mesa, delante del espejo, colg su bombn del perchero y, sentndose en el silln, sac del bolsillo un cuaderno de notas que comenz a hojear, mientras fumaba su pequeo cigarro gris.El seor Fusi cerr la puerta de la barbera porque le pareci que, de repente, haca mucho fro

    all.

  • 60

    En qu puedo servirle? pregunt trastornado. Afeitar o cortar el pelo? y en el mismo instante se maldijo por su falta de tacto, pues el seor cliente posea una calva reluciente.Ni lo uno ni lo otro dijo el hombre gris, sin sonrer, con una voz tona, que podramos

    llamar gris ceniza. Vengo de la caja de ahorros de tiempo. Soy el agente N XYQ_,384_,2. Sabemos que quiere abrir una cuenta de ahorros en nuestra entidad.Eso me resulta nuevo contest el seor Fusi, ms desconcertado todava. Si he de serle

    franco, no saba que existiera una institucin as.Pues bien, ahora lo sabe respondi, tajante, el agente. Volvi algunas hojas de su cuaderno

    y prosigui. Usted es el seor Fusi, el barbero, no es as?Pues s, se soy yo contest el seor Fusi.Entonces no me he equivocado de direccin dijo el hombre gris mientras cerraba su cuad-

    erno de notas. Es usted candidato de nuestra institucin.Cmo, cmo? pregunt el seor Fusi, sorprendido todava.Ver usted, querido seor Fusi dijo el agente, se gasta usted la vida entre el chasquido

    de las tijeras, el parloteo y la espuma de jabn. Cuando usted se muera, ser como si nunca hubiera existido. si tuviera tiempo para vivir de verdad, sera otra cosa. Todo lo que necesita es tiempo. Tengo razn?En eso precisamente estaba pensando murmur el seor Fusi, con un escalofro, porque a

    pesar de haber cerrado la puerta, cada vez haca ms fro.Lo ve! repuso el hombre gris, chupando con satisfaccin su pequeo cigarro. Pero, de

    dnde sacar el tiempo? Hay que ahorrarlo. Usted, seor Fusi, gasta el tiempo de modo totalmente irresponsable. Se lo demostrar con una pequea cuenta. Un minuto tiene sesenta segundos. Y una hora tiene sesenta minutos. Me sigue?Claro dijo el seor Fusi.

    El agente N XYQ_,384_,2 comenz a escribir las cifras, con un lpiz gris, en el espejo.

  • 61

    Sesenta por sesenta son tres mil seiscientos. De modo que una hora tiene tres mil seiscientos segundos. Un da tiene veinticuatro horas, es decir, tres mil seiscientos por veinticuatro, lo que da ochenta y seis mil cuatrocientos segundos por da. Un ao tiene, como sabe todo el mundo, trescientos sesenta y cinco das. Lo que nos da treinta y un millones quinientos treinta y seis mil segundos por ao. O trescientos quince millones trescientos sesenta mil segundos en diez aos. En cunto estima usted, seor Fusi, la duracin de su vida?Bueno tartamude el seor Fusi, trastornado, espero llegar a los setenta u ochenta aos.Est bien prosigui el hombre gris, por precaucin contaremos con setenta aos. Eso

    sera, pues, trescientos quince millones trescientos sesenta mil por siete. Lo que da dos mil dosci-entos siete millones quinientos veinte mil segundos.

    Y escribi esa cifra con grandes nmeros en el espejo: 2.207.520.000 segundos.

    Despus la subray varias veces y declar:

    sta es, pues, seor Fusi, la fortuna de que dispone.

    El seor Fusi trag saliva y se pas la mano por la frente. La cifra le daba mareos. Nunca haba pensado que fuera tan rico.

    S dijo el agente, asintiendo con la cabeza, mientras volva a aspirar su pequeo cigarro gris, es una cifra impresionante, verdad? Pero todava hemos de continuar. Cuntos aos tiene usted, seor Fusi?Cuarenta y dos farfull ste, mientras de repente se senta tan culpable como si hubiera

    cometido un desfalco.Cuntas horas suele dormir usted, de promedio, cada noche? sigui inquiriendo el hombre

    gris.Unas ocho horas confes el seor Fusi.

  • 62

    El agente calcul a la velocidad del rayo. El lpiz volaba con tal rapidez sobre el espejo, que al seor Fusi se le erizaba el cabello.

    Cuarenta y dos aos ocho horas diarias, eso da cuatrocientos cuarenta y un millones quinientos cuatro mil. Esa suma podemos darla ya por perdida. Cunto tiempo tiene que sacrifi-car diariamente para el trabajo, seor Fusi?Ocho horas, ms o menos, tambin reconoci el seor Fusi con humildad.Entonces hemos de asentar una vez ms la misma suma en el saldo negativo prosigui el

    agente, inflexible. Pero resulta que tambin se le gasta algn tiempo debido a la necesidad de alimentarse. Cunto tiempo necesita, en total, para todas las comidas del da?No lo s exactamente dijo el seor Fusi, miedoso, dos horas, quiz?Eso me parece demasiado poco dijo el agente, pero admitmoslo. Eso da, en cuarenta y

    dos aos, el importe de ciento diez millones trescientos setenta y seis mil. Prosigamos. Vive usted solo con su anciana madre, segn sabemos. Cada da le dedica a la buena seora una hora entera, lo que significa que se sienta con ella y le habla, a pesar de que est tan sorda que apenas puede orle. Eso es tiempo perdido: da cincuenta y cinco millones ciento ochenta y ocho mil. Adems, tiene usted, sin ninguna necesidad, un periquito, cuyo cuidado le cuesta, diariamente, un cuarto de hora, lo que, al cambio, da trece millones setecientos noventa y seis mil.Pero... intervino, suplicante, el seor Fusi.No me interrumpa! gru el agente, que contaba ms deprisa cada vez. Como su madre

    est impedida, usted, seor Fusi, tiene que hacer parte de las tareas de la casa. Tiene que ir a hac-er la compra, lustrar los zapatos y otras cosas molestas. Cunto tiempo le lleva eso diariamente?Acaso una hora, pero...Eso da otros cincuenta y cinco millones ciento ochenta y ocho mil, que pierde. Sabemos,

    adems, que va una vez a la semana al cine, que una vez a la semana canta en un orfen, que tiene un grupo de amigos, con los que se rene dos veces por semana y que a veces incluso lee un libro. En resumen, que mata usted el tiempo con actividades intiles, y eso durante unas tres horas diarias, lo que da ciento sesenta y cinco millones quinientos sesenta y cuatro mil. No se encuentra bien, seor Fusi?

  • 63

    No contest el seor Fusi, perdone, por favor...En seguida acabamos dijo el hombre gris. Pero tenemos que hablar todava de un cap-

    tulo especial de su vida. Porque tiene usted un pequeo secreto... Usted ya sabe...

    Al seor Fusi comenzaron a castaetearle los dientes de tanto fro que tena.

    Eso tambin lo sabe? murmur, agotado. Crea que aparte de m y la seorita Dara...En nuestro mundo moderno le interrumpi el agente N XYQ_,384_,2, no hay sitio

    para secretitos. Vea usted las cosas con realismo, seor Fusi. Contsteme a una pregunta: quiere usted casarse con la seorita Dara?No dijo el seor Fusi, eso no va...Precisamente prosigui el hombre gris, porque la seorita Dara estar toda su vida

    encadenada a la silla de ruedas, porque tiene paralizadas las piernas. A pesar de eso, usted va a verla cada da, durante media hora, para llevarle una flor. A qu viene eso?Se alegra tanto siempre contest el seor Fusi, a punto de llorar.Pero visto framente repuso el agente, es tiempo perdido para usted. Exactamente vein-

    tisiete millones quinientos noventa y cuatro mil segundos, hasta ahora. Y si a ello aadimos que tiene usted la costumbre de sentarse, cada noche, antes de acostarse, junto a la ventana, durante un cuarto de hora para reflexionar sobre el da transcurrido, podemos restar, una vez ms, la suma de trece millones setecientos noventa y siete mil. Veamos ahora lo que queda, seor Fusi.

  • 64

    En el espejo haba ahora la siguiente suma:sueo 441.504.000 segundos trabajo 441.504.000 alimentacin 110.376.000 madre 55.188.000periquito 13.797.000compra, etc. 55.188.000amigos, orfen, etc. 165.564.000secreto 27.594.000 ventana 13.797.000======================================================= TOTAL 1.324.512.000

    Esta suma dijo el hombre gris, mientras golpeaba varias veces el espejo con su lpiz, con tal fuerza, que sonaba como tiros de revlver, esta suma es, pues, el tiempo que ha perdido hasta ahora, seor Fusi. Qu le parece?

    Al seor Fusi no le pareca nada. Se sent en una silla, en un rincn, y se sec la frente con el pauelo, porque a pesar del fro estaba sudando.

    El hombre gris asinti, serio.

    S, se est dando exacta cuenta dijo. Ya es ms de la mitad de su fortuna inicial, seor Fusi. Pero ahora vamos a ver qu le ha quedado de sus cuarenta y dos aos. Un ao son treinta y un millones quinientos treinta y seis mil segundos, como sabe. Y eso, multiplicado por cuarenta y dos da mil trescientos veinticuatro millones quinientos doce mil.

  • 65

    Escribi esa cifra debajo del tiempo perdido:

    1.324.512.0009 segundos -1.324.512.000 segundos 0.000.000.000 segundos

    Se guard el lpiz e hizo una larga pausa para que la vista de la larga serie de ceros hiciera su efecto sobre el seor Fusi. ste es, pues, pensaba el seor Fusi, anonadado, el balance de toda mi vida hasta ahora.Estaba tan impresionado por la cuenta, que cuadraba con tal precisin, que lo acept todo sin

    contradiccin. Y la cuenta en s era correcta. ste era uno de los trucos con los que los hombres grises estafaban a los hombres en mil ocasiones.

    No cree usted retom la palabra, en tono suave, el agente N XYQ_384_2-, que no pu-ede seguir con este despilfarro? No sera hora, seor Fusi, de empezar a ahorrar?

    El seor Fusi asinti, mudo, con los labios morados de fro.

    Si, por ejemplo prosegua la voz cenicienta del agente junto al odo del seor Fusi, hu-biera empezado a ahorrar una hora diaria hace veinte aos, tendra ahora un saldo de veintisis millones doscientos ochenta mil segundos. De ahorrar diariamente dos horas, el saldo, claro est, sera doble, es decir, cincuenta y dos millones quinientos sesenta mil. Y, por favor, seor Fusi, qu son dos miserables horitas a la vista de esta suma?Nada! exclam el seor Fusi. Una pequeez!Me alegra que se d usted cuenta prosigui el agente. Y si calculamos lo que habra

    ahorrado, en las mismas condiciones, en veinte aos ms, nos dara la seorial cifra de ciento cinco millones ciento veinte mil segundos. Todo este capital estara a su libre disposicin al alcanzar los sesenta y dos aos.Magnfico! farfull el seor Fusi, poniendo ojos como platos.

  • 66

    Espere prosigui el hombre gris, que todava hay ms. Nosotros, los de la caja de ahor-ros de tiempo, no nos limitamos a guardarle el tiempo que usted ha ahorrado, sino que le pagamos intereses. Lo que significa que, en realidad, tendra usted mucho ms.Cunto ms? pregunt el seor Fusi, sin aliento.Eso depender de usted aclar el agente, segn la cantidad que ahorrara y el plazo en

    que dejara fijos sus ahorros.Plazo fijo? se inform el seor Fusi. Qu significa eso?Es muy sencillo dijo el hombre gris. Si usted no nos exige la devolucin del tiempo ahor-

    rado antes de cinco aos, nosotros se lo doblamos. Su fortuna, pues, se dobla cada cinco aos, entiende? A los diez aos sera cuatro veces la suma original, a los quince aos ocho veces y as sucesivamente. Si hubiera empezado a ahorrar slo dos horas diarias hace veinte aos, a los sesenta y dos aos, es decir, despus de un total de cuarenta aos, dispondra del tiempo ahor-rado hasta entonces por usted multiplicado por doscientos cincuenta y seis. Seran veintisis mil novecientos diez millones setecientos veinte mil.

    Tom una vez ms su lpiz gris y escribi tambin esa cifra en el espejo:

    (6.910.7(0.000 segundos

    Como puede ver usted, seor Fusi dijo entonces, mientras sonrea por primera vez, sera ms del dcuplo de todo el tiempo de su vida original. Y eso ahorrando slo dos horas diarias. Piense si no merece la pena esta oferta.Y tanto! dijo el seor Fusi agotado. Sin duda que s. Soy un infeliz por no haber empe-

    zado a ahorrar hace tiempo. Ahora me doy cuenta, y he de confesar que estoy desesperado.Para eso no hay ningn motivo dijo el hombre gris con suavidad. Nunca es demasiado

    tarde. Si usted quiere, puede empezar hoy mismo. Ver usted que merece la pena.Y tanto que quiero! grit el seor Fusi. Qu he de hacer?Querido amigo contest el agente, alzando las cejas, usted sabr cmo se ahorra tiempo.

    Se trata, simplemente, de trabajar ms deprisa, y dejar de lado todo lo intil.

  • 67

    En lugar de media hora, dedique un cuarto de hora a cada cliente. Evite las charlas innecesarias. La hora que pasa con su madre la reduce a media. Lo mejor sera que la dejara en un buen asilo, pero barato, donde cuidaran de ella, y con eso ya habr ahorrado una hora. Qutese de encima el periquito. No visite a la seorita Dara ms que una vez cada quince das, si es que no puede dejarlo del todo. Deje el cuarto de hora diario de reflexin, no pierda su tiempo precioso en cantar, leer, o con sus supuestos amigos. Por lo dems, le recomiendo que cuelgue en su barbera un buen reloj, muy exacto, para poder controlar mejor el trabajo de su aprendiz.

    Est bien dijo el seor Fusi, puedo hacer todo eso. Pero, qu har con el tiempo que me sobre? Tengo que depositarlo? Dnde? O tengo que guardarlo? Cmo funciona todo eso?No se preocupe dijo el hombre gris, mientras sonrea por segunda vez. De eso nos ocu-

    pamos nosotros. Puede estar usted seguro de que no se perder nada del tiempo que usted ahorre. Ya se dar cuenta de que no le sobra nada.Est bien respondi el seor Fusi, anonadado, me fo de ustedes.Hgalo tranquilo, querido amigo dijo el agente, mientras se levantaba. Puedo darle,

    pues, la bienvenida a la gran comunidad de los ahorradores de tiempo. Ahora tambin usted, seor Fusi, es un hombre realmente moderno y progresista. Le felicito!

    Con estas palabras tom el sombrero y la cartera.

    Un momento, por favor! le llam el seor Fusi. No tenemos que firmar algn contrato? No me da algn papel?

    El agente N XYQ_,384_,2 se volvi, en la puerta, y mir al seor Fusi con cierta desgana.

    Para qu? pregunt. El ahorro de tiempo no se puede comparar con ningn otro tipo de ahorro. Es una cuestin de confianza absoluta por ambas partes. A nosotros nos basta su asen-timiento. Es irrevocable. Nosotros nos ocupamos de sus ahorros. Cunto va a ahorrar es cosa suya. No le obligamos a nada. Usted lo pase bien, seor Fusi.

  • 68

    Con estas palabras, el agente se mont en su elegante coche y sali disparado.El seor Fusi le sigui con la mirada y se frot la frente. Poco a poco volva a entrar en calor, pero

    se senta enfermo. El humo azul del pequeo cigarro del agente sigui flotando durante mucho tiempo por la barbera, sin querer disolverse.Slo cuando el humo hubo desaparecido, comenz a sentirse mejor el seor Fusi. Pero del mismo

    modo que desapareca el humo, palidecan tambin las cifras del espejo. Y cuando se borraron del todo, se borr tambin de la memoria del seor Fusi el recuerdo de su visitante gris: el recuerdo del visitante, no el de la decisin. sta la consider ahora como propia. El propsito de ahorrar tiempo para poder empezar otra clase de vida en algn momento del futuro se haba clavado en su alma como un anzuelo.Y entonces lleg el primer cliente del da. El seor Fusi le atendi refunfuando, dej de lado

    todo lo superfluo, se estuvo callado, y, efectivamente, en lugar de en media hora acab en veinte minutos.Lo mismo hizo desde entonces con todos los clientes. Su trabajo, hecho de esta manera, no le

    gustaba nada, pero eso ya no importaba. Adems del aprendiz, contrat dos oficiales y vigilaba que no perdieran ni un solo segundo. Cada movimiento se realizaba segn un plan de tiempos exactamente calculado. En la barbera del seor Fusi colgaba ahora un cartel que deca:

    El tiempo ahorrado vale el doble.

    Escribi una cartita breve, objetiva, a la seorita Dara, en la que deca que por falta de tiempo no podra ir a verla. Vendi su periquito a una pajarera. Envi a su madre a un asilo bueno, pero barato, adonde la iba a ver una vez al mes. Tambin en todo lo dems sigui los consejos del hom-bre gris, pues los tomaba por decisiones propias.Cada vez se volva ms nervioso e intranquilo, porque ocurra una cosa curiosa: de todo el

    tiempo que ahorraba, no le quedaba nunca nada. Desapareca de modo misterioso y ya no estaba. Al principio de modo apenas sensible, pero despus ms y ms, se iban acortando sus das. Antes de que se diera cuenta, ya haba pasado una semana, un mes, un ao, y otro.

  • 69

    Como ya no se acordaba de la visita del hombre gris, debera haberse preguntado en serio a dnde iba a parar su tiempo. Pero esa pregunta nunca