Martin Suter - Lila, Lila

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LILA, LILA

MARTIN SUTERTraduccin de Helga Pawlowsky

Ttulo de la edicin original: Lila, Lila

Diogenes Verlag AG Zurich, 2004

Diseo de la coleccin:Julio Vivas

Ilustracin: Kirsty at Jorges Wedding (detalle), Elizabeth Peyton, 2001, cortesa de Gavin Browns enterprise

EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2006Pedro de la Creu,58 08034 Barcelona

ISBN: 84-339-7088-7

Depsito Legal: B. 765-2006

Printed in Spain

Liberduplex, S. L. U ctra. BV 2249, km 7,4 - Poligono Torrentfondo08791 Sant Lloren$ dHortonsPara Gretli1

Y ese Peter Landwei..., se era yo.Gir el rodillo de la Underwood negra hasta que apareci la ltima frase, encendi un cigarrillo y repas la pgina cubierta de densa escritura.

La lluvia segua golpeando rtmicamente sobre las tejas. Abri la ventana de la buhardilla. El tamborileo resonaba ahora con ms fuerza y mayor nitidez. Dos metros por debajo del antepecho, el agua desapareca con un gorgoteo en el tubo del desage. La calle mojada reflejaba la dbil luz del nico farol del callejn sin salida. Delante de la casa de enfrente se vea una furgoneta con la inscripcin Tapicera y marroquinera Maurer. Detrs de la luna de un escaparate en que figuraba la misma inscripcin arda una lmpara, como cada noche desde que haba fallecido la mujer de Maurer. Y como cada noche se vea en una habitacin de la primera planta del mismo edificio a un hombre calvo leyendo a la luz de una lmpara de pie. Inmvil, como una figura de cera Las dems ventanas estaban a oscuras, excepto un ventanuco en el tejado, junto a la chimenea. Antao, Peter se haba preguntado a veces quin vivira all. Ahora ya le era indiferente. Tan indiferente como todo lo que no tuviera nada que ver con Sophie. Tan indiferente como l le era a ella.Cerr la ventana y cogi una fotografa enmarcada del escritorio. Sophie en baador. Tena extendida una toalla a sus espaldas, la sostena con ambos brazos, como para colocrsela encima de los hombros. El cabello le brillaba de humedad. Sophie sonrea.

Era la nica foto que Peter posea de Sophie. Ella misma se la haba regalado. En otro tiempo senta una punzada cuando la miraba, porque ella nunca quiso decirle quin haba tomado esa fotografa. Ahora senta una punzada porque ya nunca ms vera a Sophie.

Sac la fotografa del marco y la guard en el bolsillo interior de su pesada chaqueta de motorista. Despus apag la luz y cerr la habitacin. Dej la llave puesta.En la escalera ola a cebolla rehogada y a la cera con la que alguien haba frotado recientemente el linleo que cubra los gastados escalones.Media hora despus estaba en Rieten. La lluvia no haba cesado. El eco que llegaba de las oscuras fachadas deformaba el zumbido del motor de su Ducati.A la salida de la pequea ciudad empezaba la carretera que, despus de un kilmetro en lnea recta, se meta en el tnel de Rotwand.Peter puso la marcha ms rpida y se dirigi a todo gas hacia la entrada del tnel. Este haba sido perforado en una pared rocosa que cruzaba todo el valle, como un muro. De da, si la visibilidad era buena, se vea desde una distancia de quinientos metros, como el orificio de entrada de una ratonera. Al distinguirla, los automovilistas reducan la velocidad sin darse cuenta, como si les diese miedo de no acertar a entrar en ese agujero tan pequeo.Aunque era imposible no acertar la entrada al tnel de Rotwand. Ni siquiera de noche.A menos que alguien lo hiciera con toda intencin, como Peter Landwei.Y ese Peter Landwei..., se era yo.Tecle el nmero 84 en el borde inferior de la pgina, sac la hoja de la mquina y la coloc boca abajo sobre las dems. Orden el montn y le dio la vuelta, para dejarlo con la primera pgina cara arriba sobre el escritorio.

SOPHIE, SOPHIE se lea en letras maysculas sobre la primera pgina, y debajo: Novela. Y ms abajo: de Alfred Duster.Abri la ventana de la buhardilla, escuch el tamborileo uniforme de la lluvia sobre el tejado y observ al hombre inmvil bajo el cono de luz de la lmpara de pie.

Cerr la ventana y sac su pesada chaqueta de motorista del armario, se la puso, apag la luz y cerr la habitacin. Dej la llave puesta.

Delante de la casa puso en marcha la Ducati, limpi con la mano las gotas del silln y mont.

Cuando el motor retumb en el callejn, el hombre inmvil levant la vista del libro durante un breve instante.

2

Normalmente, a David le despertaba el olor de la comida que la seora Haag preparaba en el apartamento de al lado.

Pero esta vez despert de una quemazn que senta en la oreja derecha. No tena remedio, la mitad de los de su generacin llevaban algn piercing, pero bastaba que l se pusiera un pequeo pendiente de oro en el lbulo de la oreja para tener una infeccin.

Rescat su reloj de bolsillo de encima de la caja de vino vaca que le serva de mesilla de noche. Todava no eran las diez; apenas haba dormido cinco horas.

David se sent en el borde de la cama. El da que asomaba por debajo de las cortinas, demasiado cortas, sumerga la habitacin en una luz plida, que daba a los muebles de segunda mano una mesa, sillas, un silln, un perchero, una estantera el aspecto de una foto tridimensional en blanco y negro. Las nicas notas de color eran las lucecitas rojas y verdes que indicaban que su cadena de msica, su impresora y su ordenador estaban en stand-by.

Se puso un albornoz azul claro descolorido en el que se lea Sauna Happy, abri la puerta de su apartamento y sali.

El retrete estaba en el rellano; Eso resultaba desagradable, sobre todo ahora, en la estacin fra del ao, porque no tena calefaccin. Pero al menos David era el nico que lo utilizaba. Por motivos imposibles de descubrir, el apartamento de la seora Haag tena un aseo propio.

Se mir la oreja en el espejo del lavabo. El lugar del pinchazo apareca enrojecido e hinchado. Estuvo tentado de retirar el adorno de la oreja, pero se acord de que le haban dicho que, si lo haca, el orificio se le volvera a cerrar.

Regres a su apartamento, llen la cafetera y la puso sobre el fuego. Despus se duch en la cabina de aluminio y plexigls opaco que algn inquilino anterior haba instalado aos atrs en la cocina.

Cuando sali de la ducha, la vlvula de seguridad de la cafetera estaba escupiendo agua, y la llama formaba una lengua amarilla. Cerr el gas, se sec y volvi a ponerse el albornoz. Sac una taza del fregadero, la lav y se sirvi el caf. Encontr en la nevera un cartn de leche empezado. Olisque la abertura y ech un poco en la taza, se la llev al dormitorio, la dej sobre la mesilla de noche, conect la cadena de msica y se volvi a meter en la cama. Tomar caf en la cama era un lujo al que a David Kern le costaba renunciar.

La radio estaba sintonizada en una emisora que emita durante todo el da msica tropical. Un feroz contraste con el clima reinante: la temperatura estaba en torno a los cero grados, haba una espesa niebla, que a veces se transformaba en llovizna, a veces en nieve fina. El da sola empezar mientras David dorma, y casi siempre haban pasado cuando l abandonaba la casa.

Bebi su caf a pequeos sorbos y sinti preocupacin por su oreja. Tal vez debera regresar a la tienda donde le haban hecho el piercing. Esa gente deba tener experiencia en casos de infecciones.

Oy los pesados pasos de la seora Haag en la escalera, la mujer volva de hacer la compra. Tendra unos setenta aos a David le resultaba difcil estimar la edad de la gente mayor y un hijo que pareca tener la misma edad que ella, que cada da acuda a comer a las doce y cuarto en punto y volva a marcharse a la una y cuarto en punto. El hijo era soltero y trabajaba por all cerca como ayudante en un almacn, segn le haba confiado repetidamente la seora Haag.

David se levant y corri las cortinas. Para su sorpresa observ que el trozo de cielo que vea desde su ventana estaba azul. No mucho, pero s lo suficiente como para inducirle a vestirse y salir poco despus de las once a la Johannstrasse, la calle gris donde viva.

Un da inesperadamente bonito. La temperatura habra subido unos diez grados desde el da anterior, el sol se reflejaba en las ventanas de las buhardillas que haba encima de su apartamento. Despus de unos pasos, David ya se vio obligado a abrir la cremallera de su chaqueta forrada.

El comerciante de ultramarinos en la Kabelstrasse tena montado delante de su tienda un puesto de adornos de Navidad. No poda ser un buen negocio con este tiempo. David entr en la tienda y compr un bocadillo de queso, que despoj de su envoltorio y empez a comer estando an en la tienda.

El vendedor de antigedades del patio interior del edificio vecino haba colocado unos cuantos muebles delante del portal de entrada, adems de un cartel con una flecha y la inscripcin La Cueva del Tesoro de Godi. David sigui la flecha y entr en el establecimiento. Godi estaba sentado en un confortable silln marcado con el rtulo 80 Fr! y lea un peridico gratuito. Se conocan, pues David haba comprado parte de sus muebles en esa tienda.

Ayer haca un da de invierno, hoy de primavera..., es demasiado! se lament Godi.

David le dio la razn, aunque l, con sus veintitrs aos, no tena problemas con los cambios bruscos de temperatura.

Mientras coma su bocadillo, se dispuso a cruzar el establecimiento, abarrotado de muebles, cajas, electrodomsticos, libros, marcos, figuritas de adorno y dems cachivaches. A veces encontraba all cosas para Tobias, el propietario del bar Esquina, donde trabajaba David.

El Esquina era un lounge bar que haba abierto haca menos de un ao, aunque su aspecto era el de haber existido desde siempre. Estaba acondicionado con muebles usados de los aos cincuenta y sesenta. De las paredes, cuyo aspecto envejecido era intencionado, colgaban objetos recogidos en los mercadillos de todo el mundo, y que infundan al local una agradable atmsfera de internacionalismo domstico.

A menudo, David encontraba en la Cue