FAUSTO JOHAN WOLFGANG GOETHE JOHAN WOLFGANG GOETHE 8 que se diviertan. Ade-más, la presencia...

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  • F A U S T O

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    "Si el libro FAUSTO, desde el principio hasta el fin, no hace referencia a un estado sublime, épico; si no obliga al lector a remon-tarse por cima de sí mismo, excuso decirlo. Creo sinceramente que una inteligencia despejada, un entendimiento recto y lúcido tendrán que trabajar no poco para hacerse dueños de todos los secretos que he involucrado en mi poema." GOETHE.

    (de una carta de Goethe a Zelter.)

    "El FAUSTO es un tema inconmensurable, y vanos serán todos los esfuerzos que haga el ingenio para penetrarlo del todo". GOETHE.

    (Conversaciones de Goethe con Eckermann, 3 de enero de 1830.)

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    DEDICATORIA

    De nuevo os acercáis, vagas formas que allá en los días de mi ju-ventud os mostrásteis ya a mi turbada vista. ¿Intentaré yo reteneros esta vez? ¿Siento mi corazón inclinado todavía a aquellas ilusiones? Estáis pugnando por acercaros a mí. En buena hora: podéis disponer, tal como del seno de los vapores y de la niebla os alzáis en torno mío. Siéntese mi pecho estremecido como en mis juveniles años por los mágicos efluvios que en vuestro desfile os envuelven.

    Aportáis con vosotras las imágenes de placenteros días; álzanse muchas sombras amadas, y semejantes a una añeja leyenda medio olvidada, resurgen con ellas el primer amor y la primera amistad; renuévase el dolor, y el lamento vuelve a seguir el laberíntico y extra-viado curso de la vida, nombrando los seres queridos que, burlados en horas risueñas por la fortuna, desaparecieron antes que yo.

    No oyen ya los siguientes cantos las almas para quienes yo entoné los primeros; cual polvo se ha esparcido la multitud cariñosa, y se han ido perdiendo ¡ay! los primeros ecos. Resuenan mis acentos para una muchedumbre

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    desconocida, cuyo aplauso mismo llena de in-quietud mi corazón, y aquellos que en otro tiempo se deleitaban en mi canto, si alientan aún, vagan por el mundo errantes y dispersos.

    Apodérase de mí un anhelo insólito largo tiempo ha, por esa plácida y augusta región de los espíritus; fluctúa ahora en vagos sonidos el murmurio de mi canto, parecido a las modulaciones del arpa eólica. Un estremecimiento invade mi sér, las lágrimas suceden a las lágrimas; el yerto corazón siéntese blando y tierno; lo que poseo, lo percibo como en lontananza, y lo que desapareció truécase para mí en palpitante realidad.

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    PRELUDIO EN EL TEATRO

    EL DIRECTOR, EL POETA DRAMÁTICO Y EL GRACIOSO

    EL DIRECTOR

    Vosotros dos, que tantas veces me habéis favorecido en afanes y apuros, decidme: ¿qué esperáis de nuestra empresa en tierras alema-nas? Bien quisiera yo complacer a la multitud, antes que todo, porque vive y hace vivir. Armados están postes y tablas, y todo el mundo se promete una fiesta. Los espectadores están ya ahí, tranquilamente sentados, con la curiosidad pintada en el rostro y con muchas ganas de embobarse. Yo sé la manera de atraer el espíritu del público, y no obstante, jamás me he visto tan perplejo. Verdad es que ellos no están habituados a obras primorosas, pero han leído atrozmente. ¿Cómo haremos para que todo sea nuevo y original, y sin carecer de interés, al par sea ameno? Porque, a decir verdad, me gusta ver como el gentío, cual impetuoso torrente, se atropella para llegar a nuestra barraca, y con

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    dolores violentamente repetidos, se estruja al pasar por la angosta puerta de salvación; cuando en pleno día, desde antes de las cuatro, anda a empellones y forcejeando hasta que consigue ganar la taquilla, y lo mismo que en tiempo de hambre para obtener pan a la puerta de la tahona, casi se desnuca para lograr un billete. Un milagro tal, sólo el poeta puede obrarlo en un público tan heterogéneo. ¡Oh! Hazlo hoy, amigo mío.

    EL POETA ¡Ah! No me hables de esa abigarrada turba, a cuyo

    aspecto huye de nosotros la inspiración. Aparta de mi vista la ondeante multitud, que a despecho nuestro nos arrastra al remolino. No; llévame a aquel apacible rincón del cielo, donde sólo para el poeta florecen los goces puros y donde el amor y la amistad con mano divina hacen brotar y mantienen la abundancia en nuestro corazón... ¡Ah! lo que surge allí del fondo de nuestro pecho, lo que el labio balbucea tímido para sí, ora con mala fortuna, ora acaso con acierto, desaparece tragado por la fuerza del impetuoso momento. A menudo no aparece la obra en su forma cabal sino con el transcurso de los años. Lo que deslumbra vive un solo instante; lo que es bueno de veras, permanece intacto para la posteridad.

    EL GRACIOSO ¡Así no oyese hablar siquiera de la posteridad! Suponed

    que yo quisiese ocuparme de ella: ¿quién divertiría entonces a los coetáneos? También quieren ellos divertirse, y es menester

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    que se diviertan. Ade-más, la presencia de un gallardo mozo, creo yo, es siempre algo. Aquel que sabe comunicarse con agrado, no se inquietará por el capri-cho del público; desea para si una numerosa concurrencia a fin de im-presionarla con mayor seguridad. Tened, pues, valor y mostraos ejem- plar. Dejad que se oiga la fantasía con todos sus coros, razón, inteli-gencia, sentimiento y pasión; mas, advertidlo bien: no olvidéis la locura.

    EL DIRECTOR Pero, ante todo, procurad que haya mucha acción. Se

    viene aquí para mirar, y lo que se quiere en primer término es ver. Haced desfilar muchas cosas ante los ojos, de suerte que el público se quede emboba-do mirando con la boca abierta, y al punto habéis sacado provecho en grande; sois un hombre muy bienquisto. A la masa no podéis domi-narla sino por medio de la masa. Cada cual escoge al fin algo para sí. Quien aporta mucho aportará un poco a varios, y todos salen satisfechos del teatro. Si dáis una pieza, dadla desde luego en piezas. Semejante guiso debe saliros bien; tan fácilmente es servido como imaginado. ¿De qué sirve presentar un todo? Así como así, el público os lo desmenuzará al punto.

    EL POETA

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    No sabéis cuán mezquino es un oficio tal. ¡Cuán poco sienta ello al verdadero artista! La chapucería de esos pulcros señores, bien lo veo, es ya proverbial entre vosotros.

    EL DIRECTOR Un reproche tal no me causa mella alguna. El hombre

    que se propone trabajar bien, debe contar con los mejores utensilios. Haceos cargo de que tenéis madera tierna que cortar, y mirad sólo para quién escribís. Si al uno le incita el tedio, llega el otro ahito de una comida opípara, y lo peor de todo es que muchos acaban de leer los periódicos. Corren hacia aquí distraídos, como si si fuesen a una mascarada, y la curiosidad es lo único que presta alas a sus pasos. Las damas se exhiben poniendo el mayor esmero en su persona y atavío, y desempe-ñan de balde su papel. ¿Qué soñáis en vuestras poéticas alturas? ¿Por qué os regocija un lleno? Mirad de cerca a los espectadores. La mitad de ellos están fríos; la otra mitad son unos zopencos; éste, después del espectáculo, espera una partida de naipes; el otro, una noche de liber- tinaje en brazos de una mozuela. ¿Por qué importunáis así, pobres insensatos, para tal fin a las apacibles Musas? Os lo repito: dad más y siempre más, y de esta suerte nunca dejaréis de lograr vuestro objeto. No busquéis sino aturdir a la gente; el contentarla es cosa difícil... Pero ¿qué sentís: entusiasmo o dolor?

    EL POETA

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    Anda a buscarte otro criado. ¡No faltaba más que, por compla-certe a ti, el poeta olvidara ampliamente el más sublime derecho, el derecho humano que le concedió la Naturaleza! ¿Cómo mueve todos los corazones? ¿Por qué medios domina todos los elementos? ¿No es por la armonía que brota de su pecho y reconstruye el universo en su corazón? Cuando la Naturaleza, retorciéndolo con indiferencia, sujeta al huso el hilo sin fin; cuando la inarmónica multitud de seres deja oír una ingrata mescolanza de sonidos, ¿quién divide el curso de esta siempre uniforme sucesión, vivificándola para que se mueva de un modo ritmico? ¿Quien llama lo particular a la consagración universal, donde vibra en magníficos acordes? ¿Quién hace desatarse furiosa la tormenta de las pasiones? ¿Quién hace brillar los arreboles vespertinos en el alma austera? ¿Quién esparce todas las bellas flores primaverales por las sendas de la mujer amada? ¿Quién teje con insignificantes hojas verdes las honoríficas coronas para todo linaje de méritos? ¿Quién sostiene el Olimpo y reúne los dioses? El poder del hombre revelado en el Poeta.

    EL GRACIOSO Utilizadlos, pues, esos bellos poderes, y llevad adelante

    los asuntos poéticos como se lleva una intriga amorosa. Acércase uno por casualidad, siente algún interés, se detiene, y poco a poco queda cogido en el lazo. Aumenta el placer, luego vienen las contrariedades; está uno embelesado; en esto, aparece el dolor, y antes que uno se dé cuenta de ello,

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    cátate hecha una novela. Demos también nosotros un espectáculo parecido. Meted la mano en plena vida humana. Todos la viven, pero pocos la conocen, y dondequiera que la cojáis, allí ofrece interés. En pintarrajeados cuadros, escasa luz, mucho error y una chispita de verdad. Así se confecciona la mejor bebida que a todo el mundo conforta y edifica. En- tonces se con